Estados Unidos: significativa derrota demócrata un año después de la elección de Joe Biden

La victoria del republicano Glenn Youngkin en las elecciones a gobernador de Virginia ha sacudido la política norteamericana y marca el pistoletazo de salida para las elecciones midterm del año que viene en que se renuevan Congreso y Senado. ¿Qué nos indican sobre la situación política en los Estados Unidos a día de hoy?
En primer lugar, el fuerte desgaste demócrata durante 2021. Las elecciones a gobernador de Virginia tienen lugar un año después de las elecciones presidenciales y suponen un primer test sobre el grado de popularidad de la nueva administración. Joe Biden ganó en 2020 cómodamente en Virginia por diez puntos de diferencia… que se han evaporado en 2021: Youngkin superó por casi tres puntos a su rival demócrata Terry MacAuliffe. Si esa es la tendencia, las elecciones al Congreso y Senado del año que viene no pintan muy bien para Biden y los suyos.
Y es que ningún presidente desde la segunda guerra mundial había tenido una caída en sus ratios de aprobación en su primer año tan acentuada como la de Joe Biden, que cae entre el primer y tercer trimestre de 2021 un 11%. Eso sí, Biden se puede consolar: su vicepresidenta, Kamala Harris, se hunde hasta el 28% de aprobación, superando el récord negativo que hasta ahora mantenía Dick Cheney con un 30% a finales del segundo mandato de George W. Bush en 2007.
Estos datos no son ninguna sorpresa si atendemos a los problemas que han estallado durante el primer año de administración Biden: espantada de Afganistán, inflación creciente, caos en la frontera con México, crisis energética y de suministros. Y por si fuera poco, el apoyo a la Teoría Crítica de la Raza en las escuelas. La insistencia demócrata en imponer esa concepción ideológica ha provocado la reacción de miles de padres de familia que no quieren que se enseñe a sus hijos que todos somos culpables de racismo encubierto. MacAuliffe, en el patinazo más sonado de esta campaña, afirmó que los padres no debían decidir lo que se les enseñaba a sus hijos. Youngkin, por el contrario, prometió eliminar este tipo de adoctrinamiento de las escuelas y que los padres tuvieran la última palabra en este tipo de asuntos educativos y consiguió canalizar en su favor la amplia oleada de protesta. La carta enviada por el Consejo escolar al presidente Biden pidiéndole que tratara las protestas de padres en las escuelas como «terrorismo doméstico» no fue probablemente el mejor medio de calmar los ánimos. Para acabar de redondearlo, el intento por parte del Consejo escolar de tapar un caso de agresión sexual en un baño escolar sin distinción de sexos acabó por convencer a muchos padres de que las escuelas, en manos de los demócratas, no eran el mejor lugar para enviar a sus hijos.
Conscientes de que la ventaja demócrata se estaba esfumando, desembarcaron en Virginia los pesos pesados del Partido Demócrata: Obama, los Clinton, Kamala Harris y el mismísimo Joe Biden. No sirvió de mucho. El manejo de la figura de Trump fue más hábil: Youngkin ha asumido muchos de sus temas, ha recibido encantado el apoyo explícito del antiguo presidente y no lo ha criticado, pero ha preferido que Trump no hiciera campaña sobre el terreno. Un mensaje trumpista en boca de un político que habla claro pero con mejores formas y que no produce rechazo se ha revelado como una fórmula ganadora. Los demócratas no han cesado de agitar la amenaza del regreso de Trump, pero agitar el espantajo no les ha dado resultado.