La epidemia de covid-19 devuelve a la Iglesia a su responsabilidad primera: la fe.

Entre tantos análisis como han aparecido estos días acerca del papel de la Iglesia en el contexto de la pandemia, resuena con fuerza la voz del cardenal Sarah en un texto que publica Le Figaro:

«El covid-19 devuelve a los cristianos a lo esencial. En efecto, desde hace mucho tiempo, la Iglesia ha entrado en una relación falseada con el mundo. Confrontados con una sociedad que pretende no necesitar de ellos, los cristianos, por pedagogía, se han esforzado en demostrar que pueden serle útiles. La Iglesia se ha mostrado como educadora, madre de los pobres, «experta en humanidad» como dijo Pablo VI. Y tenía buenas razones para hacerlo así. Pero poco a poco los cristianos han acabado por olvidar la razón de estos rasgos. Han acabado por olvidar que si la Iglesia puede ayudar al hombre a ser más humano, es en última instancia porque ha recibido de Dios palabras de la vida eterna.
Podrían hacernos olvidar las palabras de Jesús: «Mi Reino no es de este mundo». La Iglesia tiene mensajes para este mundo, pero sólo porque tiene las llaves del otro mundo. Los cristianos han pensado a veces en la Iglesia como una ayuda dada por Dios a la humanidad para mejorar su vida aquí abajo. Y no les faltan argumentos porque realmente la fe en la vida eterna ilumina la forma justa de vivir en el mundo.
El covid-19 ha puesto al descubierto una insidiosa enfermedad que está carcomiendo a la Iglesia: pensar en sí misma como «de este mundo». La Iglesia quería sentirse legítima a sus ojos y según sus criterios. Pero ha aparecido un hecho radicalmente nuevo. La modernidad triunfante se ha derrumbado frente a la muerte. Este virus ha revelado que, pese a sus promesas y seguridades, el mundo de aquí abajo quedaba paralizado por el miedo a la muerte. El mundo puede resolver las crisis sanitarias. Y seguro que resolverá la crisis económica. Pero nunca resolverá el enigma de la muerte. Sólo la fe tiene la respuesta.
[…] Frente a la muerte, no hay respuesta humana que se sostenga. Sólo la esperanza de una vida eterna permite superar el escándalo. ¿Pero qué hombre se atreverá a predicar la esperanza? Se necesita la palabra revelada de Dios para atreverse a creer en una vida sin fin. Se necesita una palabra de fe para atreverse a esperarla para uno mismo y los suyos. Así pues, la Iglesia católica está llamada a volver a su responsabilidad primera. El mundo espera de ella una palabra de fe que le permita superar el trauma de este encuentro cara a cara con la muerte. […] Pero entonces, la Iglesia debe cambiar. Debe dejar de tener miedo a chocar y a ir contracorriente. Debe renunciar a pensarse a sí misma como una institución del mundo. Debe volver a su única razón de ser: la fe.