¿Ha enterrado la ciencia a Dios? Lennox. John C., Editorial Rialp

Existe la impresión popular generalizada de que cada nuevo avance científico es otro clavo en el ataúd de Dios». Con estas palabras inicia John C. Lennox, matemático y filósofo de la ciencia en Oxford, este ensayo, que constituye el resumen de unas conferencias impartidas en el curso Faith, reason and science organizado por la Universidad de Oxford y Salzburgo en diciembre de 2000.
Sin embargo, advierte Lennox, una rápida ojeada a la historia de la ciencia moderna viene a sugerir precisamente lo contrario: «la doctrina de un único Dios Creador, responsable de la existencia y orden del universo, ha tenido un papel importante» en el surgimiento y desarrollo de la ciencia moderna.
Entonces, ¿de dónde viene esta «impresión generalizada»? La respuesta a esta cuestión, que está en el trasfondo de todo el ensayo y constituye el gran acierto del mismo, hay que buscarla, no en la pretendida incompatibilidad entre ciencia y fe (la misma ciencia lo desmiente) sino en la promoción de una cosmovisión «naturalista» del mundo, conscientemente enfrentada a una visión «teísta» del universo y del hombre. La difusión, constante y machaconamente repetida por los medios de comunicación, de toda opinión «científica» que suponga poner en duda la existencia de un Dios creador y providente, por absurda o infundada que sea, parece formar parte de una campaña política encaminada a hacer del Estado el referente último en la vida personal y social de los hombres.
«Para desentrañar la relación entre las dos visiones del mundo y la ciencia hay que hacerse ahora una pregunta verdaderamente difícil: ¿qué es verdaderamente la ciencia?». Lennox no profundiza en la cuestión –el formato del libro no lo permite–, aunque sí apunta el tema de fondo: la ciencia tiene unos límites, límites que muchas veces se ocultan para favorecer la sensación de que «Dios es una hipótesis innecesaria». «La ciencia lo explica. Así se podría describir el poder y la fascinación que ejerce la ciencia sobre mucha gente».
«La ciencia lo explica». De hecho, la ciencia, y solo ella, –nos sugieren– puede explicarlo todo. Sin embargo, resalta el profesor de Oxford, la afirmación –que está en el fondo de esa visión naturalista– de que la ciencia constituye la única fuente de conocimiento verdadero es una afirmación que se refuta a sí misma porque el método matemático que utiliza, y que tan buenos resultados ha proporcionado en el desarrollo de la técnica, limita irremediablemente el conocimiento del mundo físico que estas ciencias nos pueden proporcionar, como ya advirtió admirablemente santo Tomás de Aquino en su tiempo.
Conexo con el método matemático que caracteriza a la ciencia moderna está su «reduccionismo metodológico», procedimiento que, como señala Lennox con gran acierto, tiene su límite en la misma naturaleza de las cosas. Sin embargo, muchos científicos, abusando de esta metodología, abogan por un «reduccionismo ontológico» (véase, por ejemplo, el empeño en reducir la biología a la química y la química a la física), confundiendo la unidad, aspiración de todo entendimiento, con la unicidad, contraria a la pluralidad de perfecciones que el universo pone ante nuestros ojos.
Aclaradas estas cuestiones previas –un trabajo muy necesario y eficaz para deshacer la pretendida incompatibilidad entre ciencia y fe consiste en precisar el significado de las palabras utilizadas en la discusión– y en lo que constituye el grueso del ensayo, Lennox analiza algunos de los temas recurrentes en la «mediática» confrontación entre ciencia y fe: el origen del universo y de la vida. La conclusión de que «la ciencia misma ha demostrado que la hipótesis de la creación es comprobable», su fundamentada crítica al evolucionismo y el interesante estudio sobre el concepto de información aplicado al mundo natural justifican sobradamente una lectura provechosa del trabajo de este profesor de Oxford, en el que busca «presentar evidencia de que, lejos de haber enterrado a Dios, los resultados de la ciencia no solamente apuntan a su existencia, sino que hasta su misma posibilidad queda validada por su existencia».