El estado francés ha dejado morir de inanición a Vincent Lambert

Finalmente, Vincent Lambert, el francés de 42 años tetrapléjico y en estado vegetativo que ha protagonizado una larga batalla judicial, ha fallecido de resultas de retirarle la hidratación y la alimentación. Contra lo que algunos han querido presentar, en el caso de Vincent Lambert no estamos ante una situación de cuidados extraordinarios ni de encarnizamiento terapéutico: lo que se le ha retirado a Vincent es, sencillamente, la alimentación y la hidratación para dejarlo morir de inanición tras varios días de agonía. Estamos, pues, ante un caso de homicidio de Estado, que ha impuesto judicialmente la muerte de Vincent en contra del criterio de sus padres, dispuestos en todo momento a cuidarle, al juzgar que sus condiciones no justificaban que se le mantuviera con vida. De hecho, el juez ha argumentado, para ordenar su muerte, que en caso de poder expresarse, Vincent habría deseado morir debido a su estado irreversible y que, en consecuencia, cesar toda alimentación e hidratación formaba parte de «su mejor interés».
Como ha escrito Jean-Marie Le Mené, presidente de la Fundación Lejêune, «respetar la vida de las personas débiles se convierte en una excepción al derecho a darles muerte, que es ahora la regla». Una situación de gravedad máxima que nos recuerda aquella fórmula lapidaria de Rousseau, según la cual «la vida es un don condicional del Estado».

Campaña favorable al suicidio asistido

Este macabro suceso ha sido aprovechado por quienes, lejos de preocuparse por el bien de Lambert, han visto en él una ocasión para promover sus agendas ideológicas. Como los promotores del suicidio asistido, que han aprovechado para exigir la legalización del mismo para evitar largas y molestas agonías como la de Vincent Lambert.
La muerte de Vincent es un síntoma más de una Europa que, tras dar la espalda a Dios, se cree con derecho a juzgar sobre la vida y la muerte de los más débiles e indefensos. Lambert falleció el día de la festividad de san Benito, un signo providencial que nos recuerda que, sin un renacer cristiano, estamos condenados a las peores atrocidades. Incluida dejar morir de hambre y sed a un enfermo incapaz de valerse por sí mismo y en contra de la voluntad de su familia.