Sentimientos del alma de Jesús al instituir la Eucaristía

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Traslademos, más bien, nuestra consideración, a los sentimientos que experimentó nuestro Salvador. Recordemos de nuevo que su mente sapientísima contemplaba con visión perfecta cómo realizaría Él, a través de los siglos, su función eucarística, que entonces inauguraba. Ciertamente contempló su conjunción con cada uno de los cristianos que vivían en los siglos futuros. Contempló su conjunción conmigo, cual se va desarrollando ahora durante toda mi vida. Y asimismo contigo y con todos los demás. Todos estuvimos presentes en la mente de Jesús en la Última Cena. ¡Misterio inefable de la ciencia de Cristo, consecuencia obvia del misterio fundamental de las dos naturalezas: divina y humana, unidas en la unidad del único ser divino! Sabiendo esto, esforcémonos por penetrar los sentimientos que inundaba el alma de Jesús a la vista de tanta intimidad que Él realizaría con todos nosotros.
¿Con qué afectos emitiría aquel acto de querer sostener con su propia virtud a innumerables almas en las sublimes alturas a que conduce la unión eucarística? Fruto de un amor infinito había sido, en otro tiempo, el acto de crear con la divina omnipotencia al género humano; pero más ferviente aún era el amor contenido en la voluntad de mantener a las generaciones cristianas en un estado que bien podemos llamar vestíbulo del cielo.
¿Cuáles debieron ser los sentimientos del Corazón de Jesús cuando, esgrimiendo las palabras eucarísticas, se ponía a sí mismo en estado de irrevocable conjunción con los cristianos pecadores? Porque también esto se verificó en la institución de la Sagrada Eucaristía. En aquel momento la presencia material de Judas le había conturbado (Jn 13,21).
¿Cómo le conturbaría el contacto que veía repetirse innumerables veces con tantos pecadores, a quienes Él conocía distintamente? ¿Y si yo tuviese la desgracia de ser de ese número? Ojalá mil muertes antes que tal enormidad me suceda.
Pero, ¿cuáles sentimientos debió probar el Corazón amabilísimo de Jesús, por cuanto se contemplaba a sí mismo entablando a perpetuidad la conjunción sacramental con las almas que vendrían a Él con el vestido nupcial de la gracia, con almas capaces de desear, con san Ignacio mártir, que cayesen sobre ellas todos los tormentos del demonio, con tal de gozar de Cristo? Ciertamente en el interior de Jesús ardían afectos que venían a significar: Caigan sobre mí todos los tormentos de la Pasión, venga la muerte ignominiosa de un crucificado, con tal de que se verifique esta mi unión salvífica con tales almas amadoras. ¡Qué dicha pertenecer a este número!

Bartolomé Xiberta, O. Carm. (Santa Coloma de Farners, 1897-Tarrasa, 1967), carmelita de la antigua observancia, fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX.
Ha sido introducido en Barcelona su proceso de beatificación