Poundbury: el laboratorio urbanístico del príncipe Carlos de Inglaterra

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

 

Publica Mario Crespo en el portal Milenio un artículo que explica el experimento urbanístico impulsado por el príncipe Carlos de Inglaterra en Poundbury, una iniciativa que provoca las iras de los arquitectos modernistas empeñados en erradicar de nuestras ciudades cualquier referencia a nuestro pasado.

«Cuando las revistas especializadas hablan de “arquitectura provocativa”, es poco probable que piensen en un apacible conjunto de casas de piedra y ladrillo, columnatas griegas, arcos apuntados y tejados de pizarra. Sin embargo, pocos proyectos han creado tanta controversia en las últimas décadas como Poundbury, un barrio planificado de estilo tradicional a las afueras de Dorchester, al suroeste de Inglaterra. Sus críticos le han dedicado una retahíla de insultos que harían palidecer al mismísimo capitán Haddock: ‟Disneylandia feudal, ciudad de juguete, pastiche torpe, Parque Jurásico o decorado de una obra de Agatha Christie”.
Al menos 2.500 personas discrepan: son quienes ya se han mudado a Poundbury, aunque cuando concluyan las obras, dentro de siete años, se espera que la cantidad se duplique. En la localidad, cuyos terrenos pertenecen al Ducado de Cornualles, hay ya más de un centenar de negocios, incluyendo, como no podía ser de otra manera, un típico pub inglés, que se llama El Poeta Laureado. Viviendas, tiendas y oficinas se ubican en edificios nuevos, pero fieles a la tradición británica –del estilo tudor al georgiano pasando por el paladiano– y rematados por hábiles artesanos.
En 1984, un joven príncipe Carlos, invitado a la cena de gala del 150 aniversario del Instituto Real de Arquitectos Británicos, escandalizó a la concurrencia al criticar los edificios rompedores que estaban transformando las fachadas de Londres, especificando en algunos casos nombres y apellidos. “Sería una tragedia –dijo– que el carácter y el perfil de nuestra ciudad siguieran arruinándose”. Aquella noche perdió algunas amistades, pero incrementó su popularidad entre la población británica, poco amiga de las carísimas construcciones modernistas.
Fue el principio de un declarado interés por la arquitectura y el urbanismo que cristalizaría unos años después en la fundación de una revista, hoy desaparecida, y de una escuela universitaria. (…)Pero, sin duda, su idea más perdurable fue la construcción de una pequeña ciudad, o pueblo grande, que plasma sus ideas. El proyecto nació en 1988 según un plan maestro del arquitecto y urbanista Leon Krier. El objetivo: crear una comunidad viva, con alta densidad y edificios de estilo tradicional que mezclasen armónicamente los usos residencial, comercial e industrial. En 1993 comenzaron las obras, siguiendo un plano lleno de calles estrechas y curvas, plazas y jardines. Varios de los edificios principales son obra de Quinlan Terry, uno de los más famosos arquitectos tradicionalistas: “No podemos ignorar el Movimiento Moderno”, ha dicho Terry, “pero no me importaría nada que no hubiera existido. Creo que el mundo sería un lugar mucho mejor”. Haciendo amigos.
Frente a las acusaciones de querer construir un parque temático, los promotores siempre han insistido en la sostenibilidad del pueblo, que cuenta con varias industrias asociadas. Más de la tercera parte de los edificios están destinados a vivienda social, socavando la histórica relación entre las casas baratas y el brutalismo en sus distintas variantes. El Príncipe se empeñó desde el principio en que estas viviendas fueran estéticamente indistinguibles de las otras, y parece que lo han conseguido.
[…] Aunque el escenario parezca sacado de una acuarela del siglo xviii, la vida posee el ritmo y las obligaciones del xxi. Muchos de los residentes no trabajan en el área, sino en la ciudad de Dorchester o en otras de los alrededores, como Southampton. En cuanto al ocio, los vecinos se han organizado en numerosos clubes por aficiones. A lo largo del año se celebran ferias de productos de granja, de artesanía o de música. Además de disfrutar de las ventajas, los habitantes del pueblo deben seguir unas estrictas normas de conducta a las que se comprometen por escrito antes de su traslado. Mantener limpio y podado el jardín no es una opción, sino un deber. Por otro lado, cualquier cambio estético en el exterior de los edificios, por nimio que sea, debe ser expresamente aprobado por un comité. Olvídese de pintar sus ventanas de naranja. Y si su hijo es aficionado a decorar las paredes con grafiti, es probable que no haya elegido un buen lugar de residencia.
Pocos lugares como Poundbury muestran cómo la arquitectura se ha convertido en una trinchera más de las guerras culturales, que alcanzan cada vez a un radio más amplio de nuestras vidas cotidianas.
[…] El Financial Times ha reconocido los méritos del proyecto, hablando de la “paradoja Poundbury”: la combinación de una estética reaccionaria con una organización social y urbana genuinamente innovadora. […] Está claro que Poundbury no es la solución a los problemas de las ciudades en el siglo xxi, pero sí es, con sus aciertos y con sus errores, una propuesta que merece ser ponderada y no ridiculizada. Para escándalo de los críticos, hay mucha gente que prefiere vivir en un edificio victoriano antes que en un cubo de hormigón y cristal».