Asia Bibi y «ley de la blasfemia» en Pakistán

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Hace casi diez años, el caso Asia Bibi nos dio a conocer el miedo con el que viven los cristianos en Pakistán. Denunciada por «¿blasfemia»? en 2009, condenada a muerte desde 2010.
Pakistán, república islámica desde 1973, es un país donde no hay libertad religiosa: así lo establece el artículo 2 de su constitución. Además, como indicábamos al principio, está el asunto de la «ley de la blasfemia». Con el nombre de «ley de la blasfemia», se hace referencia a un conjunto de normas que afrentan a la libertad de religión y discriminan a las personas (el punto de referencia es la sección 295 C de su código penal). La Comisión Nacional para la Justicia y la Paz (NCJP, por sus siglas en inglés) lleva décadas luchando para que cambie la situación… sin éxito, de momento, y sin un claro apoyo internacional.
Las «leyes de la blasfemia» incluyen artículos del código penal y de la Constitución de Pakistán que tratan cuestiones concretas acerca de lo que está prohibido decir o hacer en relación con el Corán y su interpretación; o bien acerca de las personas consideradas santas por el islam; o bien acerca de la interpretación y utilización de «epítetos, descripciones, denominaciones, “etc.”»: ¿cómo se puede poner un «etc.» en una ley?; va contra todo fundamento en derecho, pues lleva lo considerado en ella a tal grado de indefinición, que permite la libre interpretación hasta la manipulación o el absurdo reservadas para determinadas personas y lugares; idem de lo que está prohibido decir o hacer a cualquier persona acerca de las personas consideradas santas por el islam –si bien no se indica qué tendencia–; idem acerca de la mala interpretación y utilización de «epítetos, descripciones o denominaciones reservadas para determinadas personas y lugares; la prohibición de rezar el Corán a los ahmadíes y de hacer referencia a Azán tal como lo hacen los musulmanes; la prohibición a los qadianíes de actuar y rezar como musulmanes. También incluye los artículos de la Constitución relacionados con la discriminación por razones de sexo, raza y religión.
Estas leyes, difíciles de entender y de aplicar incluso para los jueces, permiten que una persona acuse a otra sin tener que demostrar ni justificar lo que dice… «porque habría que volver a blasfemar», simplemente apoyándose en que el denunciante «es un buen musulmán». Su principal finalidad es la de legitimar el poder y amenazar a las minorías, entre las cuales la más débil es la cristiana… aunque, como el mal hace bien su trabajo las estadísticas indican que hay más del doble de víctimas musulmanas que cristianas.
Los casos se eternizan en la Corte Suprema, que tiene la última palabra, para que los encausados estén mucho tiempo en la cárcel, a la espera de una sentencia definitiva. Es un cuerpo legislativo preparado con una finalidad política: legitimar el poder y amenazar a las minorías, entre las cuales la más amenazada es la cristiana.
El poder político, en connivencia con los caciques terratenientes, utiliza esta legislación para amedrentar a sus oponentes políticos, sociales y económicos. Así, quien es acusado es alguien a quien se hace el vacío social, pues se confunde deliberadamente «blasfemia» con «blasfemo», es decir, el supuesto hecho con la persona señalada. Definitivamente, se trata un conjunto de leyes que afrenta a la libertad de religión y discrimina a las personas. Y se considera que hay unas 100.000 personas afectadas por estas leyes.
En Pakistán: cualquiera puede atropellar a un cristiano y nadie saldrá en su defensa. Cuanto mayor sea la agresividad en el ambiente, peor. Porque los cristianos son una minoría, pero son muchos: algo más del 1% en un país de más de 198 millones de habitantes.
Eres cristiano, visitas Karachi y te tiene que escoltar un vehículo policial, por cautela, para prevenir, porque es posible que apedreen un colegio cristiano (le ocurrió en 2015 a St. Mary School), que rompan el escaparate de la librería de las paulinas (lo han hecho siete veces en diez años), o que maten a varias personas en el barrio de Essa-Nagvi, un barrio más que pobre, donde se concentran más de 15.000 familias cristianas pobres, algo más de 500.000 personas. Para que nos hagamos una idea de cómo es el barrio: cualquier asentamiento de chabolas en España, por insalubre y deprimido que parezca, es un resort turístico de lujo al lado de Essa-Nagvi. Al ver que la población cristiana iba tomando cuerpo, los musulmanes pidieron al gobierno local que echaran a los cristianos del barrio. Porque sí. Como un político local intermedió para defender a los cristianos —hay gente buena en todas partes— el gobierno de la provincia decidió cambiar a los responsables políticos. Para que ya no hubiese ni conocimientos ni afectos de por medio, y así pudieran actuar con dureza.
Primero musulmán, después paquistaní o de donde seas. Tras una de tantas matanzas, horrorizados porque esa vez habían caído unos cuantos niños en un colegio y además habían atado a su profesor a una silla, para rociarle con gasolina y prenderle fuego, mientras uno de los terroristas –eso es exactamente aterrorizar– llamaba a quien se lo había encargado, dando cuenta de lo ocurrido y pidiendo más instrucciones, los mulás (jefes religiosos) se pusieron en contacto con las autoridades de la Iglesia. Querían desvincularse de esa barbaridad en concreto y de la barbarie en general. Se realizó un acto de acercamiento y en pro de la convivencia. Cuando todo parecía aclarado, un anciano mulá se dirigió a uno de los obispos católicos y le dijo, más o menos: «ahora que todo está aclarado y que podemos pasar página, por qué no hablas con el presidente de los Estados Unidos, tú que eres cristiano como él, y como eres líder religioso le dice que deje de bombardearnos…». Aunque incluso algunos otros clérigos musulmanes tratasen de explicarle que las cosas no eran así, la cuestión se explica sola. Los musulmanes sunnitas, en su avance hacia la umma, nos consideran a los cristianos enemigos a los que hay que convertir o matar. Especialmente en el país de los «puros». Éstos cristianos sufren. Viven maltratados. Están doloridos, quizá también cansados. El gobierno de ese país hace décadas que trata de moldear algo nuevo, vaciando de contenido la esencia del país: quieren que uno sea primero musulmán y después pakistaní.
El Tribunal Supremo de Pakistán decidió a finales de octubre de 2018 anular o revocar ―overturn en inglés― la sentencia que condenaba a muerte a Asia Bibi. Dicen los jueces que hubo testimonios confusos y que no se debe tomar en vano el nombre del Profeta –Mahoma– utilizándolo para defender intereses perversos. Aunque la fiscalía ha recurrido el sobreseimiento de la causa –acquittance en inglés–, parece que hay luz al final del túnel. Ojalá.