La perversión completa del acto médico

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Se reactiva, una vez más, el debate sobre la eutanasia. El jurista José Miguel Serrano aporta en un artículo en La Razón algunas claves del asunto:
«Se ha presentado como la última libertad. La de lograr que un médico, encargado por el sistema sanitario de todos los controles, acepte la voluntad expresa de alguien de que le maten o interprete una voluntad expresada anteriormente, siempre que se cumplan dos condiciones: enfermedad con sus adjetivos o discapacidad con los suyos.
La experiencia del derecho comparado prueba que una vez que se legalice la eutanasia progresivamente los adjetivos de la enfermedad serán menos graves en la observación de los médicos y las discapacidades menos profundas. También que, con el tiempo, tenderá a facilitarse la interpretación de la voluntad, de forma que las voluntades no explícitas pasarán a considerarse en los incompetentes, si las condiciones del beneficio se hacen patentes a los médicos, quienes progresivamente pueden ser seducidos por la muerte.
La legalización de la facultad médica de matar a un paciente tiene dos efectos fundamentales. El primero es evidente. Los límites al rechazo del tratamiento por parte del paciente, la limitación de la dosis paliativa a sólo el fin paliativo se diluyen. No la lex artis, sino la propia legislación de derechos fundamentales refuerzan la tendencia al rechazo de medios indicados que, sin ser extraordinarios, retrasen en lo más mínimo la voluntad de morir.
El segundo es que en el acto médico se transforma el sentido del non nocere, del no dañar. Matar directamente, intencionalmente, sustituir el acto suicida de quien tiene voluntad suicida de una forma eficaz, humanitarista, aséptica no será ya un daño sino el cumplimiento de «la última libertad». Los límites objetivos a los poderes médicos se diluyen. La perversión que se introduce en el sistema sanitario es completa. El médico se vuelve el encargado de administrar la muerte intencional, él debe tramitarla y procurarla, buscar los elementos que permitan el acto homicida compasivo y cumplimentar el requisito burocrático de que un colega ratifique el diagnóstico, que será, ya lo hemos visto, progresivamente más amplio.
Por supuesto se tolerará de momento al médico excéntrico que, sin estar seducido por la muerte, entienda que el viejo límite hipocrático, que definía el sentido de la profesión médica, sigue teniendo vigencia. Pero veremos, también lo hemos visto en supuestos como el aborto, como estos médicos que se niegan a ver el beneficio que la ley impone serán progresivamente incomprendidos y marginados, pues la voluntad del legislador es realizar ese derecho, el derecho a que el sistema sanitario te mate.»