La caída de Irlanda

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La tragedia se ha consumado: con un 66% de votos a favor y una participación del 64%, Irlanda ha decidido eliminar la protección a los no nacidos y permitir el aborto a demanda hasta las doce semanas o hasta la semana 24 en caso de riesgo para la madre, o lo que es lo mismo, el aborto indiscriminado. La tragedia, de proporciones históricas, había sido reiteradamente anunciada por todas las encuestas, aunque la amplitud del apoyo al aborto ha sorprendido (en 2015 el apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo se quedó en el 62%) y pone de manifiesto la profundidad de la descristianización de Irlanda, un país devastado en el que los católicos son una minoría heroica y menospreciada.
Todos los elementos se habían alineado para este nuevo paso en el camino hacia una Irlanda anticatólica y hostil a la dignidad de las personas. Todos los partidos con representación parlamentaria, todos los grandes medios de comunicación, numerosas estrellas mediáticas y artistas populares, organizaciones supranacionales y poderosos lobbies como los financiados por Georges Soros…, todos hicieron campaña en favor del aborto. Cuando las encuestas parecían estrechar la distancia entre las dos opciones, los gigantes tecnológicos introdujeron restricciones a los anuncios pro-vida. Sólo unos pocos héroes con recursos muy limitados se batieron, por cierto brillantemente, en defensa de la vida de tantos niños por nacer.
La jerarquía católica, lastrada por los numerosos casos de abusos sexuales, mantuvo un perfil bajo, con escasas intervenciones. Como ya previó Benedicto XVI en 2010, «los graves errores de juicio… han minado vuestra credibilidad». En cualquier caso, a la luz de la historia reciente, poco podía esperarse. En 1992 el Tribunal Supremo obligó a someter a referéndum la legalización del aborto en caso de riesgo grave para la madre, incluyendo el riesgo psicológico que podría hipotéticamente llevar a un suicidio. La Conferencia Episcopal irlandesa declaró que los católicos eran libres de votar según su conciencia, dejando claro que no veían ninguna objeción a aceptar esta legalización. Sólo cinco obispos se pronunciaron por el no. En 2001 volvió a someterse a referéndum una ley que permitía el aborto si un médico lo consideraba necesario para prevenir un riesgo sobre la vida de la madre, lo que hubiera abierto las puertas a la generalización del aborto. El cardenal López Trujillo, en aquel entonces presidente del Consejo pontificio para la familia, declaró que esperaba que los obispos irlandeses «reaccionarían contra ese proyecto». Tres semanas después los obispos tomaban posición a favor del texto. En aquellos dos referéndums las propuestas abortistas fueron derrotadas (en el primero ampliamente, en el segundo por muy poco) a pesar de la actitud de los obispos irlandeses. En la tercera ocasión no ha sucedido así. Ahora, mientras las voces en contra del aborto se han podido contar con los dedos de una mano, una asociación que agrupa a más del 40% del clero irlandés, se posicionó en favor del sí al aborto. En su comunicado argumentaban de este modo su postura: «la vida humana es compleja, arrojando situaciones que son más a menudo grises que en blanco y negro y que nos exigen un enfoque pastoral sensible y sin prejuicios. Además, como líderes de una asociación formada por hombres que no están casados ​​y no tienen hijos, no estamos en la mejor posición para ser dogmáticos en este tema».
Irlanda era el último bastión en Occidente en el que las leyes rechazaban taxativamente el asesinato de los no nacidos, un resto de justicia con la que un Abraham de nuestros días podría «negociar» con el Señor en su intento de salvar a Sodoma. De ahí su importancia y simbolismo. Además, la caída de Irlanda ha sido especialmente dolorosa pues, a diferencia de los otros países occidentales en los que se despenalizó el aborto, en esta ocasión no se ha recurrido a un voto en sede parlamentaria, sino a un referéndum con participación de una mayoría de irlandeses que incurren así en una mayor responsabilidad. Como ha señalado Ed Condon en el Catholic Herald, «ha sido, en síntesis, un acto nacional de apostasía por parte del pueblo irlandés». Las multitudinarias fiestas de celebración del futuro asesinato de miles de niños no nacidos subrayan el elemento tétrico que domina la antaño valiente isla esmeralda.
Con este paso el proceso de «modernización» de Irlanda consigue una neta victoria sobre el catolicismo, visto como el último residuo de un pasado superado, negador de la absoluta autodeterminación individual. Perfectamente homologable a cualquier otro país occidental en su desprecio hacia los más débiles, lo que no consiguió Cromwell lo ha conseguido la moderna República de Irlanda. ¿Para esto se luchó tanto contra quienes querían borrar las huellas católicas de aquel país? De hecho, el único territorio de las islas británicas que resiste aún al aborto (veremos por cuánto tiempo) es Irlanda del Norte, el Ulster, gracias a la postura de los protestantes unionistas en el gobierno.