Alfie y la perversión del lenguaje

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

No descubrimos nada si advertimos del poder del lenguaje y de cómo su manipulación es herramienta preciada de regímenes sin escrúpulos. Buena parte de las palabras que escuchamos en los grandes discursos y declaraciones esconden, más que respetan, la realidad.
Es lo que ha ocurrido también en el trágico caso de Alfie Evans. Como señala Serafino Lanzetta desde La Nuova Bussola Quotidiana en referencia a las órdenes finales del juez Hayden que condenaban a muerte a Alfie: «representa el capítulo conclusivo de este niño extraordinario».
Escribe Lanzetta que estas palabras significaban: «ninguna posibilidad de poder transferirlo a Italia para recibir tratamiento médico adicional, o para seguir teniendo el apoyo de elementos vitales, a pesar del hecho de que sobrevivió a la desconexión. El «protocolo» tuvo que ser aplicado (otro juego de palabras para referirse eufemísticamente a la muerte). Véase la perfidia de estas palabras: «capítulo conclusivo» (es decir, muerte y nada más) de un «niño extraordinario» (por su fuerza para vivir y resistir a la muerte).
[…]
Y como guinda del pastel, además, encontramos otra expresión que llama la atención por su hipocresía: «mejores intereses».Repetidamente se dijo que según el hospital pediátrico Alder Hey, continuar el tratamiento «no estaba en el mejor interés de Alfie». Incluso cuando Alfie resistía a la muerte y continuaba viviendo, respirando independientemente durante mucho tiempo, aún le convenía morir. ¿Cuándo es la muerte lo mejor para un hombre?
Se puede ver fácilmente el vacío de estas palabras que promueven una batalla real de la ideología contra la realidad. La ideología ahora parece haber ganado porque Alfie no pudo respirar más y murió. Pero no es así. Con la muerte de un angelito, el vacío maligno de una sociedad opulenta que descarta a los débiles, creyéndolo fuerte, ha sido revelado por completo. Quien mata al débil, porque aparentemente lo es, se condena al vacío y al fracaso de una debilidad no redimida y tal vez ya no redimible.»