Desde el corazón de un joven padre

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El arzobispo de Filadelfia, Charles J. Chaput, ha hecho pública una emotiva carta a propósito del próximo Sínodo sobre los jóvenes. Escribe Chaput que «los obispos reciben una gran cantidad de correos no solicitados de extraños, algunos de ellos agradables, otros mucho menos. Va con el trabajo. Pero de vez en cuando aparece una carta que vale la pena compartir con un público más amplio… Aunque he eliminado el nombre del autor, no he modificado el contenido, que hago público con su permiso».
A continuación, reproduce la carta:
«Tengo 26 años, soy padre de tres niños pequeños y deseo ofrecer mi punto de vista, compartido por muchos de mis compañeros, sobre el próximo Sínodo [sobre los “Jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”].
[…] Nosotros, los jóvenes, deseamos la verdad y la claridad de una buena enseñanza. En un plano secular esto se evidencia por el ascenso meteórico en popularidad de Jordan Peterson. Anhelamos la verdad, sin importar cuán contundente o difícil sea para nosotros digerirla o para los pastores de nuestro rebaño enseñarla.
»Nuestra cultura está confusa y turbia acerca de los principios básicos de la naturaleza humana: desde muy pequeños nos inundan de propaganda que distorsiona las verdades científicas básicas sobre el género, pinta la virtud y la caballerosidad como si fueran “masculinidad tóxica”, denigra a la familia y profana la naturaleza del sexo y sus frutos, especialmente el niño por nacer.
Necesitamos urgentemente la claridad y la guía con autoridad de la Iglesia sobre cuestiones como el aborto, la homosexualidad, la disforia de género, la indisolubilidad del matrimonio, los cuatro novísimos y las consecuencias de la anticoncepción (moral, antropológica y abortiva). Mi generación nunca, o rara vez, ha escuchado estas verdades enseñadas con amor en las parroquias. En cambio, escuchamos de manera más enfática y frecuente, tanto desde la conferencia episcopal como desde nuestras diócesis, acerca del presupuesto federal, la política fronteriza, la neutralidad de la red, el control de armas y el medio ambiente.
Cada vez más notamos una rendición a la cultura moderna bajo la amplia tapadera de la sensibilidad pastoral […] Este alejamiento de la claridad desmoraliza a los jóvenes católicos fieles, particularmente a mis amigos que crían a sus hijos en contra de una marea cultural cada vez más fuerte. Muchos de ellos, que son conversos o han vuelto a la Iglesia después de haberse alejado de ella durante años, citan específicamente enseñanzas como Humanae vitae, Familiaris consortio y Veritatis splendor como faros que marcan y distinguen a la Iglesia y su sabiduría del mundo y de otras creencias. Pero ahora tienen que escuchar desde algunos de los más altos niveles de la Iglesia que estas enseñanzas liberadoras son ideales poco realistas y que la “conciencia” debería ser el árbitro de la verdad.
Los jóvenes católicos anhelan la belleza que guió e inspiró a las generaciones anteriores de cristianos durante casi dos milenios. Muchos de mi generación hemos crecido rodeados por iglesias modernas, insulsas, feas y, a menudo, francamente contrarias a toda mística, por tabernáculos ocultos y música litúrgica moderna y banal, más adecuada para las obras teatrales de segunda fila de Broadway. El efecto desastroso que ha tenido este “catolicismo beige” (en palabras del obispo Robert Barron, quien lo describe acertadamente como “el dominio de la cultura predominante sobre el catolicismo”) en mi generación no puede exagerarse. En un mundo moderno de vulgaridad sin alma, estamos frustrados por la iconoclasia de los últimos 60 años.
En resumen, muchos de nosotros sentimos que somos los herederos legítimos de miles de años de rica enseñanza, tradición, arte, arquitectura y música. Los jóvenes católicos reconocemos cada vez más que estas riquezas serán cruciales para evangelizar a nuestros semejantes y transmitir a nuestros hijos una Iglesia floreciente. Si la Iglesia abandona sus tradiciones de belleza y verdad, nos abandona a nosotros.
Ofrezco estas observaciones sin amargura ni insultos, sino con amor hacia mis hermanos y hermanas que no han recibido la bendición, el amor y la formación que misteriosamente Dios nos otorgó a mí y a mis amigos. No estoy solo. Aunque estamos profundamente preocupados por el estado actual de las cosas, mantenemos la esperanza; y arraigados  en esa confianza, estamos criando familias numerosas que heredarán el futuro de la Iglesia. Espero sinceramente que esto pueda expresarse con fuerza en el próximo sínodo y agradezco a cada pastor y obispo que se mantiene como un modelo para evangelizar, predicar la verdad y promover la belleza y la riqueza que nuestra fe tiene para ofrecer».
Concluye Mons. Chaput: «Poco puedo añadir a este testimonio. Simplemente sugeriré lo obvio: el futuro de la fe católica pertenece a aquellos que lo crean con su fidelidad, su sacrificio, su compromiso en traer nuevas vidas al mundo y criar a sus hijos en la verdad, y su determinación de caminar la “senda estrecha” de Cristo con alegría. Que Dios otorgue a los padres sinodales de 2018 la gracia y el valor para guiar a los jóvenes por ese camino».