El Corán o la Biblia: ¿Una difícil elección?

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Nabeel Qureshi era un joven americano de origen pakistaní estudiante de medicina, de religión musulmana. Nabeel era descendiente de uno de los primeros califas musulmanes, Otmán, de la tribu de los Quraishies. La familia de Nabeel no eran ni sunitas ni chiitas, sino ahmadíes, comunidad fundada por Mirza Ghulam Ahmad en Pakistán y que son perseguidos por los musulmanes ortodoxos. Representan menos de un 1% de la población musulmana.
Durante sus años de estudio de medicina en Virginia estuvo en contacto con jóvenes cristianos, no católicos, pero muy fieles, con los que hablaba mucho de religión, defendiendo él a Alá y los jóvenes cristianos a Jesús. En un momento dado a Nabeel le entró la duda sobre la veracidad de la religión musulmana y tras varios años de intensa oración a Alá y de búsqueda de la verdad llegó a la conclusión de que la religión cristiana era la verdadera, pero siendo su familia muy piadosa y cumplidora de su religión, tenía miedo de perderla.
Llegó un momento de gran tensión, que le producía gran desconsuelo con muchas lágrimas, según explica él en su libro Defendiendo a Alá, llegué a Jesús,
Un día que iba a la facultad de Medicina en su vehículo se puso a llorar y a rezar a Dios en voz alta. Cuando llegó a la facultad se dio cuenta de que no estaba en condiciones de ir a clase y se volvió a casa.
Él escribe:
«Nada más entrar, me acerqué a la estantería y saqué mi viejo Corán y mi Biblia de estudio. Me senté en el sofá y en primer lugar abrí el Corán. Pasé páginas, buscando versículos de consuelo, al principio leí con detenimiento cada página, luego busqué el índice y finalmente empecé a pasar desesperadamente página tras página, deseando encontrar algo, lo que fuera, que me sirviera de consuelo. Pero no encontré nada. El Corán describía a un dios cuyo amor era condicional, uno que no me amaría a no ser que me esforzara al máximo en complacerle, que parecía alegrarse de mandar a sus enemigos al Infierno. Sus páginas no hablaban de la naturaleza herida del hombre, necesitado del amor de Dios. Sólo era un libro de leyes, escrito para los hombres del siglo vii.
»Buscando una palabra viva, dejé a un lado el Corán y tomé la Biblia. Era la primera vez que leía la Biblia como una guía personal. Ni siquiera sabía por dónde empezar. Pensé que el Nuevo Testamento sería un buen lugar, así que abrí por el principio de Mateo. Al cabo de unos minutos, encontré estas palabras: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.
»Aquellas palabras fueron como una corriente eléctrica dirigida a mi corazón moribundo. Eso era lo que estaba buscando. Era como si Dios hubiera escrito estas palabras pensando en mí.
»Aquello era demasiado increíble para ser verdad. Para un hombre que concibe el mundo desde la perspectiva musulmana, se trataba de un mensaje sobrecogedor. “¿Dios me bendice por llorar? ¿Por qué? ¿Cómo es posible? Soy un ser imperfecto. No estoy a la altura de sus exigencias ¿Por qué me bendice? Y además por llorar. ¿Por qué?”
»Seguí leyendo compulsivamente. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. No “bienaventurados los justos”, sino “los que tienen hambre y sed de justicia”. Yo tengo hambre y sed de justicia, es verdad, pero nunca podré conseguirla. ¿Y aun así Dios me bendice? ¿Quién es este Dios que ama tanto, a pesar de mis defectos?
»Las lágrimas cayeron de nuevo por mis mejillas, pero esta vez eran lágrimas de alegría. Sabía que lo que estaba sosteniendo entre mis manos era la vida misma. Era la auténtica palabra de Dios, era como si le conociese a Él por primera vez.
»Empecé a leer la Biblia, bebiendo de cada palabra como si fuera agua para mi alma sedienta, alma que bebía por primera vez de la fuente de la vida. Mientras leía examiné las notas al final de cada página y las referencias cruzadas en los márgenes, sin perder ni un solo detalle». Constantemente me surgían preguntas y, enseguida, el texto o la nota al pie me conducían a la respuesta. Esto pasó en multitud de ocasiones.
»No podía dejar de leer. Sencillamente no podía. Sentía como si mi corazón fuera a dejar de latir si dejaba de hacerlo. Terminé saltándome todas las clases, pero no tenía otra elección. La Biblia era mi sustento».
Acabada la carrera de Medicina y ya actuando como médico, Nabeel, ya cristiano, enfermó y murió a los treinta y cuatro años.