El fin de la excepcionalidad demográfica francesa

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Son cada vez más los políticos que, ante el invierno demográfico al que nos enfrentamos, hablan de tomar medidas para promover la natalidad. Uno de los modelos que se suele proponer es el francés: un país de nuestro entorno que ha mantenido una tasa de fertilidad constante, de aproximadamente dos hijos por mujer, durante los últimos cuarenta años, situándose claramente por encima del resto de países europeos, que se sitúan por debajo de los 1,5 hijos por mujer.
Los últimos datos que nos llegan de Francia, no obstante, parecen señalar lo que la prensa gala ha llamado el «final de la excepción francesa». El pasado 16 de enero el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) francés anunció que con 1,88 niños por cada mujer, 2017 fue el tercer año consecutivo con disminución en los nacimientos en Francia. Los datos indican que, al igual que en 2015 y 2016, hubo una fuerte disminución en los nacimientos, junto a una reducción de la fertilidad promedio por mujer, una cifra que hasta 2014 había estado siempre por encima de los dos niños. Además, se observa que la fertilidad disminuye especialmente entre los 25 y 34 años y que la edad promedio de la maternidad ha aumentado a 30,6 años, un año más que hace diez años.
Los expertos se dividen entre quienes acusan de esta caída a la crisis y quienes lo atribuyen a cambios en la mentalidad. En realidad, es muy posible que ambos puntos de vista sean ciertos: aunque parece claro que las políticas de apoyo familiar son muy importantes, también es cierto que no son suficientes por sí solas para mantener una tasa de natalidad por encima de la tasa de reemplazo. Especialmente si consideramos el daño causado por un clima cultural que fomenta proyectos de vida cada vez más basados en un individualismo que rechaza toda norma y todo vínculo. Probablemente no sea una coincidencia que en Francia haya habido un aumento de los allí llamados «pactos de convivencia» frente a los menguantes matrimonios (las parejas casadas tienen estadísticamente más hijos que las parejas que cohabitan). La aprobación, en 2013, del matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido también un paso decisivo en el camino del  desmantelamiento de la idea misma de familia natural. Si a esto le unimos la decisión del ex presidente socialista Hollande, que canceló muchas medidas de ayuda a la familia para destinar esos recursos a otros fines, de sesgo ideológico evidente, estamos ante un escenario en el que dejar de tener hijos aparece como lo razonable y adecuado.