Ateísmo e ilusiones engañosas

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El padre Longenecker hace, en Patheos, un interesante ejercicio. Los ateos suelen acusar a los creyentes de que su fe no son más que engañosas ilusiones. Longenecker, por su parte, aplica esta crítica al propio ateísmo… y los resultados son devastadores:
«El típico ateo es un progresista. Cree que la humanidad progresa por sí misma y es cada vez mejor. Es cierto que tenemos mejor tecnología y que vemos ciertas mejoras, pero la carga de la historia del siglo pasado y de lo que llevamos de éste es tremenda: Hiroshima, Nagasaki, dos guerras mundiales, polución, apartheid, genocidio, control de población con abortos forzosos, terrorismo, el Gulag, la destrucción de la naturaleza, extinción de especies, SIDA, Auschwitz, Ruanda, los campos de la muerte de Camboya, Corea del Norte, la Rusia comunista, la Revolución cultural, el tráfico de órganos provenientes de seres humanos abortados, el terrorismo global, la limpieza étnica, la ingeniería genética, el Estado Islámico, las esterilizaciones forzosas… menudo progreso.
El ateo rechaza la existencia de Dios y en consecuencia rechaza la creencia de que nos encontraremos un día cara a cara con Dios y tendremos que responder por nuestros actos. ¿O sea que piensas que nunca tendrás que asumir tu responsabilidad por tus pensamientos y acciones? ¡Eso sí que es una ilusión engañosa!
El ateo rechaza el concepto de que tenga cualquier obligación moral objetiva hacia el bienestar de los demás. Puede realizar buenas acciones, como muchos ateos han hecho, pero no está obligado a ello. De acuerdo con sus creencias puede hacer lo que quiera porque no existe ninguna consecuencia final. ¡Eso sí que es una ilusión engañosa!
El ateo típico rechazará la idea del Infierno y, en especial, el pensamiento de que él podría acabar allí. ¡Esto sí que es realmente una ilusión engañosa!»