Budismo: la realidad desmiente la leyenda

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El anunciado viaje del Papa a Myanmar (la antigua Birmania) ha llamado la atención sobre la situación de los musulmanes, denominados Rohingya, que sufren la persecución de la mayoría budista. Sin embargo, en palabras del padre Mariano Soe Naing, portavoz de la conferencia episcopal de aquel país: «Si tuviéramos que llevar al Santo Padre a visitar a las personas que más sufren en nuestro país, le llevaríamos a los campos de refugiados de los Kachin, (etnia mayoritariamente católica), en los que muchas víctimas de la guerra civil han sido expulsadas de sus casas».
En Myanmar, los católicos son poco más del uno por ciento de la población, seiscientos mil sobre un total de cincuenta millones, y son considerados por la mayoría un cuerpo extraño en un país abrumadoramente budista. En efecto, entre los perseguidos están no sólo los cristianos de las etnias Kachin y Chin, en el norte del país, sino también los Karen y Karenni en el este. Son innumerables las iglesias destruidas, las aldeas incendiadas, las decenas de miles de personas obligadas a huir en un clima en el que no son extrañas las noticias de conversiones forzadas al budismo. De hecho, la importación de la Biblia y de otros libros religiosos es ilegal y los ciudadanos no budistas sufren una injusta discriminación que, por ejemplo, les impide hacer carrera en las administraciones estatales.
Un rostro del budismo bien real pero muy alejado de la leyenda rosa asumida en Occidente de un budismo tolerante, pacífico y compasivo. La realidad es muy distinta, y no sólo en Myanmar: la libertad religiosa está fuertemente reprimida también en otros países de mayoría budista como Sri Lanka, Laos, Camboya, Bután o Mongolia.