Austria y Chequia se alejan del panorama político occidental

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Una de las tendencias más evidentes en la política europea es el creciente distanciamiento entre países occidentales, embarcados en un proceso de reingeniería social con criterios de ideología de género y un abierto rechazo a la presencia de la religión en la vida pública, y países orientales, en los que el rechazo a lo primero va de la mano de una creciente valoración de lo segundo. Polonia y Hungría son los dos casos más paradigmáticos de esta vía centroeuropea que se desmarca del camino tomado por los países más occidentales.
Los últimos en sumarse a esta vía han sido Austria y Chequia. En Austria el Partido Popular Austriaco (ÖVP), liderado por Sebastian Kurz, ha ganado las elecciones generales con cerca del 32% de los votos. Los socialdemócratas (SPÖ) y los derechistas del FPÖ empatan con poco más del 26 por ciento cada uno. Llega así a su fin el largo periodo de hegemonía socialdemócrata en Austria.
Kurz es un candidato diferente, empezando por su edad: con 31 años va a convertirse en el gobernante más joven de todo el mundo. No es contrario a la Unión Europea, pero sí se ha mostrado muy crítico con la creciente inmigración de carácter musulmán (la población musulmana en Austria ya asciende a ochocientas mil personas sobre un total de 8,7 millones); al respecto ha declarado que “La inmigración que se ha visto en los últimos años está cambiando nuestro país, no de manera positiva, sino negativa. La inmigración descontrolada destruye el orden de un país”. De hecho su proyecto estrella es la nueva Ley de Integración que establece, entre otras cosas, el veto a los velos musulmanes integrales en los espacios públicos y la prohibición a los islamistas radicales de distribuir el Corán. Además, propone rechazar la inmigración ilegal y poner un techo a los subsidios de acogida.
Por su parte, en la vecina República Checa, Andrej Babis, a quienes algunos llaman el Trump checo, ha ganado las elecciones presidenciales. Hijo de un antiguo diplomático checo, militó en el Partido Comunista entre 1980 y 1989. Sus críticos sostienen que su fortuna la consiguió gracias a la serie de contactos con la elite que consiguió durante su etapa comunista, lo que le granjeó muchos favoritismos con la llegada de la democracia y la expansión económica del país. Babis es dueño de un amplio conglomerado empresarial que da trabajo a cerca de treinta mil personas y posee también varios medios de comunicación.
Cuando Babis creó Alianza de Ciudadanos Descontentos, la República Checa estaba sumida en escándalos de corrupción que favorecieron el auge de un partido protesta, lo que le llevó a una coalición con socialdemócratas y democristianos. Su campaña se ha basado en eslóganes regeneracionistas, anti islámicos y anti inmigración. Promete luchar contra la corrupción, rechaza el euro y las cuotas de refugiados impuestas por Bruselas, quiere eliminar el Senado e implantar un sistema electoral que favorezca las mayorías absolutas y no las coaliciones, y por último propone frenar la inmigración ilegal y proteger la identidad checa.
Habrá que observar la evolución de estos dos gobernantes, pero ya podemos decir que se consolida en Europa una fractura muy clara entre los países occidentales y aquellos que, tras padecer el comunismo, ven ahora con recelo tanto el laicismo que propugna Bruselas como la extensión del islam en Europa.