La obra de Montfort (IV): la muerte inesperada del santo y su obra

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Tras la muerte de Montfort en 1716, la marcha de el reverendo Mulot dejó Saint Laurent sin misioneros, tan solo quedó el Hermano Jaime que enseñaba a la juventud, rezaba el Rosario y cantaba en la Iglesia, hasta el año 1719. De los otros hermanos no se supo nada más, solamente el fiel hermano Maturino se reunió con los misioneros en Saint Pompain. La obra de Montfort estaba seriamente comprometida: los dos misioneros replegados en la parroquia de Saint Pompain quedaron anonadados por la desaparición de su maestro. Su actividad de predicadores había sido prácticamente nula y, aunque, como dice el padre Besnard, la obra de las misiones les venía frecuentemente al pensamiento, estaban convencidos de no estar a la altura de la labor a realizar. Como que la vicaría de la parroquia de Saint Pompain estaba vacante, ellos pusieron su talento a su servicio y el tiempo libre lo dedicaban al estudio y a la oración. Según Besnard, el reverendo Mulot, sobre todo, pasaba varias horas al día delante del Santísimo Sacramento pidiendo a Jesucristo el don de la palabra. Ellos prestaban ayuda a las parroquias vecinas, pero la predicación les daba miedo. Se preparaban, pero a medida que pasaba el tiempo sin predicar el coraje para lanzarse disminuía. La Compañía del Espíritu Santo, que Montfort había fundado y escrito sus constituciones, parecía que iba a morir y perder todos los donativos y bienes que había recibido de Mme. de la Brulerie de la población de Vouvant para la creación de las escuelas de caridad que dirigían los hermanos de la Comunidad, según lo estipulado en el testamento de Montfort y que M. R. Mulot debía poner en marcha. Si en un plazo determinado no se llevaban a cabo, quedaba anulada la donación. Las tres personas más fieles a Montfort estaban reunidas en Saint Pompain y tuvieron que renunciar a las donaciones de Vouvant, pues debe creerse que, aunque lo intentaron, no pudieron llevar a cabo las cosas como lo había pedido Montfort en su testamento.
Para sacar a los dos misioneros del bloqueo psicológico en que estaban encerrados, hacía falta una intervención del exterior. En cuaresma de 1718, el párroco del pueblo de Saint Étienne des Loges, situado a medio camino entre Vouvant y Saint Pompain, M. Taillefait, que conocía a los huéspedes de la parroquia vecina y les juzgaba capaces de llevar a cabo la obra de las misiones puso en marcha una estratagema para sacarles de su obcecamiento. Fue a buscarles pidiéndoles que fueran a preparar a sus parroquianos para la comunión pascual. Mulot y Vatel prometieron su ayuda convencidos de que su labor se limitaría a confesar y preparar para la comunión pascual.
Vuelto a su parroquia, M. Taillefait anunció desde lo alto del púlpito que el domingo siguiente iba a comenzar una misión y que sería predicada por los sucesores del padre Montfort. Este anuncio provocó en toda la región un revuelo extraordinario, pues el recuerdo del padre Montfort estaba muy vivo. Los pueblos vecinos se movilizaron para desplazarse a aquella parroquia.
Cuando llegó a los oídos de los misioneros la noticia se quedaron muy sorprendidos, pero no podían decepcionar a todo el mundo: ¡estaban condenados a improvisar la misión! Como que no habían preparado ningún sermón se contentaron con leer desde el púlpito algunos pasajes de libros buenos y hacer algunos comentarios.
El padre Monfort, en sus Reglas a sus misioneros, condena las predicaciones «a la moda», en las que: sus sermones están bien compuestos, su lenguaje es escogido y preparado, sus pensamientos son ingeniosos, sus gestos están bien regulados, su elocuencia es viva: pero desgraciadamente todo esto no es más que humano y natural, ¡no produce más que efectos humanos y naturales! Y poco después dice: que un buen predicador se ve en el púlpito como un criminal inocente en el banquillo de los acusados (Regla 60,64). Los Rvdos. Mulot y Vatel estaban realmente como condenados en el banquillo de los acusados y su elocuencia estaba realmente desprovista de todos los artificios humanos.
La misión fue un éxito clamoroso. La reputación de los nuevos misioneros se expandió como la pólvora y las misiones iban a partir de esta fecha a sucederse sin discontinuidad. El retiro en el «cenáculo», como llamaron a la estancia en Saint Pompain, había terminado y la misión de Saint Étienne des Loges había sido un verdadero Pentecostés.
Les llovieron las demandas de misiones en todos los pueblos de la región. Desde Pascua de 1718 hasta el verano de 1720 predicaron 21 misiones y todavía predicaron trece misiones más antes de junio de 1722, fecha en que se establecieron en Saint Laurent. A lo largo de estos años cuatro sacerdotes se unieron a ellos en sus misiones.
Se había cumplido la promesa de Montfort a Mulot: «Yo rezaré por ti».