La esperanza de la familia en un mundo totalmente secularizado*

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La familia cristiana en el corazón de la nueva evangelización

En mi patria al igual que aquí, predomina el fenómeno de la secularización, aunque todavía se conservan familias católicas de una profunda fe religiosa, que practican devotamente. Y allí donde hay cercanía entre estas familias, se forma una cierta hermandad social y espiritual. Todos nosotros, independientemente de nuestro estado vital, deberíamos fomentar la solidaridad entre familias que se esfuerzan en transmitir la fe y su práctica con integridad.
En nuestro testimonio y apostolado cristiano, tenemos que poner especial atención en la santidad del matrimonio, la fidelidad, y la indisolubilidad y capacidad procreadora de la unión conyugal. La vida católica en casa es necesariamente un signo de contradicción en la sociedad actual. Tenemos que inspirar valentía en las parejas católicas para testimoniar la verdad del matrimonio y de la familia, tan necesitados por nuestra cultura. Tenemos que ayudar a los hogares cristianos para que sean la Iglesia doméstica, según la descripción antigua, el primer lugar en el que la fe católica se enseña, se celebra y se vive. Toda la Iglesia tiene que ayudar a los padres para vivir generosamente y fielmente su vocación de vida conyugal. Tenemos que estar especialmente pendientes de las familias que sufren dificultades, para que incluso en su sufrimiento puedan experimentar la gracia de la unidad y de la paz de la Santa Familia de Nazaret.
En Familiaris consortio, la exhortación apostólica post-Sínodal, el papa Juan Pablo II subrayó el servicio insustituible que presta la familia en la nueva evangelización.
Es claro que si una nueva evangelización no está teniendo lugar en matrimonios y familias, entonces no tendrá lugar en la Iglesia ni en la sociedad en general. A la vez, los matrimonios transformados por el Evangelio son el primer y más potente agente de la transformación de la sociedad a través del Evangelio.
El testimonio de la familia es entonces el corazón de la nueva evangelización. Haciendo referencia a las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II sobre la realidad de la familia como «esta especie de Iglesia doméstica», es decir, pequeña iglesia (ecclesiola), el Catecismo de la Iglesia Católica declara:

En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, Ecclesia domestica (LG 11; cf. FC 21). En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada». (LG 11).

De hecho, vemos de una manera inconfundible la fuerza evangelizadora del matrimonio y la familia en el principal deber de los padres para con sus hijos: ayudarles a conocer su vocación y a entregarse a ella con un corazón sin reservas. Y el fundamental poder evangelizador de los padres en lo concerniente a la vocación conyugal es obvio.

La oración debe ser el centro de la vida familiar

En el centro de la vida familiar y del matrimonio está el culto divino y la oración, que conforman todos los otros aspectos de la vida. El culto sagrado, la máxima y más perfecta expresión de nuestra vida en Cristo, es el corazón de la vida familiar. A través del culto, la oración y la devoción, la familia recibe la fuerza para evangelizar y, a la vez, evangeliza el mundo del modo más potente posible. Una vez más, refiriéndose a las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia católica declara:

Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS 52,1). «Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida». (LG 22).

La familia experimenta su ser más profundo cuando está rezando, especialmente en el culto divino. De la oración y el culto divino brota cada aspecto de la vida personal de cada miembro de la familia y de la familia misma. La familia rezando y participando en el culto manifiesta a Cristo vivo en la Iglesia de la forma más potente, y así atrae a otras familias hacia Cristo en su Iglesia.

«Proclamar el evangelio de la vida»

Uno de los cruciales frutos evangelizadores de la oración y el culto en familia es el testimonio del evangelio de la vida. El papa Juan Pablo II nos enseñó que es esencial para una nueva evangelización proclamar el evangelio de la vida, y cómo la familia es el primer locus de la proclamación. La realidad de la secularización se ha vuelto tan grave que muchos ya no entienden que la vida es un don de Dios y, por eso, ya no respetan la dignidad inviolable de la vida humana, creada a imagen de Dios, y redimida por la preciosísima sangre de Dios Hijo encarnado. En una nueva evangelización que trate sobre la vida humana, el central e insustituible papel de la familia se ve con mayor claridad.
El locus fundamental de la proclamación del evangelio de la vida es la familia, en la que los hijos observan el evangelio de la vida en la relación entre sus padres y en su relación con ellos. Tal testimonio no sólo concierne al comienzo de la vida humana, entendiendo y ejerciendo debidamente la sexualidad; sino también al final de la vida, aceptando el sufrimiento humano como el camino para amar incondicionalmente al prójimo, todo ello de acuerdo con las enseñanzas del Señor que san Pablo maravillosamente pronunció en la carta a los Colosenses. El Evangelio de la Vida es intrínseco al culto espiritual en el corazón de la familia. Levantando sus corazones hacia el corazón de Dios, los padres y los hijos son purificados y fortalecidos para vivir sus mutuas relaciones con un amor puro y desinteresado. Vivimos en una época en la que la verdad fundamental del matrimonio sufre ataques feroces, que tratan de ocultar y ensuciar la belleza sublime del estado matrimonial, el cual ha sido ordenado por Dios desde la creación. El divorcio ya es común en nuestra sociedad, al igual que lo es la pretensión de eliminar de la unión conyugal, por medios mecánicos o químicos, su esencia procreativa. Y ahora la sociedad se atreve a llegar todavía más lejos en su enfrentamiento con Dios y su ley al pretender llamar «matrimonio» a una relación entre personas del mismo sexo.
Incluso dentro de la Iglesia, hay quienes querrían ocultar la verdad de la indisolubilidad del matrimonio en nombre de la misericordia; quienes consienten la violación de la unión conyugal admitiendo métodos anticonceptivos en nombre del entendimiento pastoral; y quienes, en nombre de la tolerancia, se quedan en silencio ante el ataque contra la integridad del matrimonio entendido como la unión de un hombre y una mujer. Y hasta hay quienes niegan que los casados reciben una gracia especial para vivir heroicamente un amor fiel, perdurable y fructífero, a pesar de que Nuestro Señor mismo nos aseguró que Dios da al matrimonio la gracia de vivir diariamente conforme a la verdad de su estado vital.

Tenemos que estar preparados para sufrir por defender la familia

En nuestro día a día, el testimonio debido al esplendor de la verdad del matrimonio tiene que ser nítido y heroico. Tenemos que estar preparados para sufrir, como han sufrido los cristianos a lo largo de los siglos, para honrar y fomentar el santo matrimonio. Tomemos como ejemplo a san Juan Bautista, san Juan Fisher y santo Tomás Moro, quienes fueron mártires por defender la integridad de la fidelidad debida y la indisolubilidad del matrimonio. Ante la confusión y el error sobre el santo matrimonio, abiertamente sembrados por Satanás en nuestra sociedad, sigamos el ejemplo de estos santos e invoquemos su intercesión, para que el gran don de la vida y el amor conyugal sean cada vez más estimados en la Iglesia y la sociedad, y sean causa de una firme esperanza para todos.