13 de octubre de 1917: «Soy la Señora del Rosario»

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

El 13 de octubre era para Fátima día de prueba, pues desde tres meses antes la celestial Señora venía prometiendo que ese día vendría y haría un milagro para que todo el mundo creyera que era ella, la Virgen María Madre de Dios, quien se aparecía y transmitía a los niños sus mensajes para el mundo.
Los periódicos habían divulgado esta predicción, y se conocía en todo Portugal. Avelino de Almeida, periodista masón del diario «O Século», el de mayor circulación de Lisboa, el día anterior la anunciaba bajo el tendencioso título de: «Una embajada celestial… ¿especulación financiera?», asegurando su presencia allí para desvelar la trama. Fátima comenzaba a ser signo de contradicción: los creyentes aguardaban ese día con esperanza, los escépticos con curiosidad y los burlones con deseo de fracaso. La jerarquía portuguesa se mantenía expectante.
El canónigo Manuel Nunes Formigâo, joven profesor del seminario de Santarém, doctor en teología y derecho, había escrito artículos críticos sobre los hechos de Fátima bajo el seudónimo de Visconde de Montelo. Por indicación del cardenal patriarca de Lisboa, el 13 de septiembre había asistido a la aparición, y al día siguiente interrogado a los tres videntes, reconociendo su sinceridad, pero sin lograr disipar sus dudas.
El cardenal de Lisboa Mons. Mendes Belo, a cuya jurisdicción pertenecía entonces Fátima, ordenaba al clero «neutralidad» sobre las pretendidas apariciones, prohibiéndole promover manifestaciones religiosas y tomar parte en ellas. Desterrado de su sede, su vicario general, arzobispo interino, Mons. Lima encargaba al canónigo Formigâo que, sin carácter oficial, asistiera el 13 de octubre a Cova da Iria, y le informara de cuanto allí ocurriera.
Dos días antes el padre Formigâo se presentaba en casa de los videntes e interrogaba fríamente a los pastorcitos junto con el dominico padre Castelbranco, quien cuenta que el canónigo preguntó a Lucía: «¿no tienes miedo de lo que puede pasar si el sábado el milagro anunciado no se produce?», a lo que la niña respondió cándidamente: –«No, no tengo ningún miedo a que eso pase».
El 13 de octubre el padre Formigâo estuvo junto a los niños, y quedó tan impactado por lo que vio y comprendió, que se disiparon todas sus dudas, convirtiéndose a partir de entonces en apóstol infatigable del mensaje de Nuestra Señora en Fátima, centrándolo en su carácter reparador.
Hombre de acción, llevaría a cabo las gestiones para la adquisición de los terrenos de la Capelinha y el primitivo recinto. En 1922 formó parte de la Comisión Canónica de investigación de los hechos, y redactó el relatorio final que entregaría en 1930 al obispo de Leiria Mons. Alves Correia, y con el que éste fundamentó la aprobación de las apariciones «como dignas de fe» y permitía oficialmente el culto a Nuestra Señora de Fátima. En 1927 escribió el precioso libro As grandes maravilhas de Fátima. Para la difusión y cumplimiento de sus mensajes fundó la Congregación de las Hermanas de la Reparación de Nuestra Señora de Fátima, en cuya casa, junto a la entrada del Santuario, se halla su sepulcro y un museo de su misión.
En sus exequias en 1958, se dijo de él: «Después de los pastorcitos, el canónigo Formigâo fue el instrumento elegido por Nuestra Señora para garantizar la autenticidad de sus apariciones». Joven de veinte años, piadoso y brillante, Manuel Formigão tiene su causa de beatificación en fase romana.

13 de octubre: «Si la Señora no hace el milagro, la gente nos mata»

Corrían rumores de posible atentado en Fátima, y María Rosa, madre de Lucía, muy preocupada, la víspera dijo a su hija: «si la Señora no hace el milagro, la gente nos mata», y le propuso ir con ella a confesarse para estar preparadas ante cualquier eventualidad. Lucía le respondió tranquilamente: «Si madre quiere confesarse, yo también voy, pero no porque tenga ningún miedo. Estoy segura de que la Señora hará mañana todo lo que ha prometido».
El 12 de octubre los caminos de Fátima estaban atestados de carros, calesas, caballerías, coches, bicicletas y de un inmenso peregrinaje a pie, muchos descalzos, las mujeres con el saquito en la cabeza, llegados de todo el país, que rezaba el rosario y entonaba cánticos. Iban a pasar la noche a la intemperie en los alrededores de Cova da Iria para tener buen sitio desde el que contemplar el esperado acontecimiento milagroso del día siguiente, que nadie sabía en qué consistiría, pero que todos deseaban ver de cerca.
Durante la noche y la madrugada cayó una lluvia menuda y persistente, y el sábado 13 de octubre amaneció nublado y desapacible, pero ni el mal tiempo ni las milicias de la Guardia Nacional, que en los cruces de los caminos intentaban impedir el paso hacia Cova da Iria, arredraban a la muchedumbre peregrinante que los sorteaba a campo través, como cuenta Domingo Reis, herido en una mano de un bayonetazo de los gendarmes.
Por la mañana el lugar donde debía producirse la aparición se hallaba ya abarrotado. Corresponsales de los grandes diarios y sus fotógrafos se hallaban apostados junto a los restos de la encina, para obtener buen reportaje, y en sus crónicas estimarían que a media mañana la multitud era ya de unas setenta mil personas. A las diez comenzó de nuevo a llover y se abrieron miles de paraguas.
Lucía cuenta: «Salimos de casa bastante pronto, previendo las demoras en el camino. Había una multitud de gente bajo una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que aquel fuese el último día de mi vida… quiso acompañarme». La persistente lluvia había transformado la hondonada de las apariciones en un cenagal abarrotado de peregrinos y curiosos, tiesos de frío, enfangados hasta los tobillos y empapados hasta los huesos.
A mediodía la lluvia continuaba cayendo, cuando Lucía, llevada de un movimiento interior, manda a la gente: «¡hay que cerrar los paraguas para rezar el rosario!». La multitud obedece, y la niña, santiguándose, comienza el rezo y cuenta como «poco después vimos el reflejo de luz», y repentinamente, levantando la mano, grita: «¡Ahí está!, ¡aquí viene, aquí viene! ¿La veis?». Cesó la lluvia, y la multitud pudo observar una ligera nube blanca que, como humo de incienso, se formaba alrededor de los videntes, se elevaba unos metros y se disipaba en la atmósfera, fenómeno que se repitió tres veces.
El 13 de julio, Lucía le había pedido a la Señora que les dijese quién era y qué quería, y que hiciera un milagro para que todos creyeran. La Señora les había respondido: «En octubre diré quién soy, y qué es lo que quiero. Haré un milagro, que todos han de ver, para que crean», promesa renovada el 19 de agosto y el 13 de septiembre. Llegada la fecha, Lucía le pregunta:
–«Señora, ¿quién sois?» La Señora respondió: –«Soy la Señora del Rosario.» –«¿Qué es lo que Vuesa Merced quiere de mí?» –«Quiero que hagan aquí una capilla en mi honor. Continuad rezando el Rosario todos los días. La guerra está acabándose, y los soldados volverán pronto a sus casas.» –Tengo muchas peticiones: ¿me las concederá todas? –«Unas, sí; otras, no.» Luego con aire triste y voz de súplica, dijo:
–«Que los hombres no ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.» Estas palabras de Nuestra Señora cierran el ciclo de sus seis apariciones en Fátima. Y prosigue Lucía: «luego, abriendo sus manos las hizo reflejarse en el sol, reflejo que continuaba proyectándose en él mientras se elevaba.» Entonces Lucía exclama: «¡Oh! ¡Mirad el sol!», y dice que dio ese grito «no para llamar la atención del pueblo, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia, sino por un impulso interior».
Nuestra Señora, reflejándose en el sol, iniciaba la manifestación del milagro anunciado para que todos los presentes creyeran que quien se aparecía era María, la Madre de Dios, y cumplieran su mensaje.
Cuenta un testigo que a la voz de Lucía «¡Mirad el sol!», todo el mundo levantó la cabeza. El cielo había estado cubierto de nubarrones durante toda la mañana, pero de repente se retiraron las nubes, y el sol se dejó ver en un cielo azul.
Durante diez minutos la multitud pudo contemplar estupefacta una esfera de radiante luz a la que se podía mirar a voluntad como se mira la luna, y que siendo tan brillante, no deslumbraba. De repente tembló la esfera de luz que ocupaba el lugar del sol; se agitó vertiginosamente; realizó movimientos bruscos como una rueda de fuego lanzando en todas direcciones haces de luces de colores, verdes, rojos, azules, violetas, etc., coloreando las nubes, los árboles, las rocas, el suelo, la ropa y las caras de la multitud. Al cabo de unos minutos la luz radiante se detuvo, y un momento después reanudó su movimiento y su cambio de luces y colores. De nuevo detuvo su marcha, y por tercera vez la reanudó de modo más variado y coloreado que antes. La multitud permanecía inmóvil y estática, contemplando este hecho insólito que se percibió también a kilómetros de distancia, lo que excluye la hipótesis de una alucinación o histeria colectiva.
El punto culminante del prodigio fue la caída vertiginosa de la esfera de luz, como una rueda gigantesca que a fuerza de girar se hubiera desprendido de su eje, y cayendo de lo alto, desciende en zigzag sobre la multitud a la que parece va a aplastar, irradiando un calor cada vez más intenso, y dando a los asistentes la impresión de hallarse en el fin del mundo predicho en el Evangelio, en que el sol y los astros se precipitarán en desorden sobre la tierra.
La multitud aterrorizada da gritos de espanto como preparándose para una muerte inminente, confesando su fe y pidiendo perdón a Dios por sus pecados. El padre Formigâo en su informe al obispo escribe que «la inmensa multitud, abrumada por la evidencia del tremendo prodigio, se dejó caer de rodillas, recitando actos de contrición.» Unos exclamaban: «¡Nuestra Señora nos valga!»; la mayoría imploraba: «¡Dios mío, misericordia!» Pero, de improviso, la esfera de radiante luz detiene su caída vertiginosa, y remonta zigzagueante a su lugar tal y como descendió. La gente, aliviada, comenzó a cantar el Credo. Minutos antes todos se hallaban empapados hasta los huesos, pero en ese momento advierten que su vestimenta se halla totalmente seca.
El obispo de Leiria, en la carta pastoral autorizando el culto a Nuestra Señora de Fátima, escribe en 1930: « El fenómeno solar del 13 de octubre de 1917 fue algo maravilloso, y dejó una impresión indeleble entre quienes tuvieron la dicha de asistir, pues los niños habían fijado de antemano el día y la hora en que había de producirse el fenómeno».

«Vimos al lado del sol a san José con el Niño y a Nuestra Señora»

Para la multitud el inexplicable fenómeno era prueba de lo milagroso de las apariciones, pero no necesitando los niños tal prueba, ni Lucía ni sus primos lo veían, pues entre tanto Nuestra Señora les reservaba una visión más excelsa. En la aparición del 19 de agosto en Os Valinhos Nuestra Señora les había dicho que en octubre vendrían con ella san José y el Niño Jesús para dar la paz al mundo.
Promesa que cumpliría aquel día, como escribe Lucía desde Tuy a su obispo el 8 de diciembre de 1941:
«Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, vimos al lado del sol a san José con el Niño y a Nuestra Señora vestida de blanco con un manto azul. San José con el Niño parecían bendecir al mundo, pues dibujaban en el aire la señal de la cruz. Poco después, desvanecida esta aparición, vi a Nuestro Señor junto a Nuestra Señora, que parecía ser Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor parecía bendecir al mundo de la misma manera que lo había hecho san José. Desvaneciose esta aparición, y me pareció ver todavía a Nuestra Señora en forma semejante a Nuestra Señora del Carmen».

Dice el padre Luis Fonseca, S.I. en sus Maravillas de Fátima que estas tres sucesivas apariciones de la Sagrada Familia y de la Virgen María como Dolorosa, y como Señora del Carmen, manifiestan en imagen el mensaje que Nuestra Señora acababa de pedir: «Continuad rezando el Rosario todos los días», presentándose en sus misterios de gozo, dolor y gloria, como clara exposición de su nombre y título, que aquel día quiso revelarnos: «Soy la Señora del Rosario».

El cardenal Luciani pregunta a sor Lucía «algunas cosas sobre la danza del sol»

El 11 de julio de 1977 el patriarca de Venecia cardenal Albino Luciani –que al año siguiente durante 33 días sería papa como Juan Pablo I– se entrevistaba en el carmelo de Coimbra con sor Lucía, y, a su vuelta, el 23 de julio, a instancias de su secretario Mons. Senigaglia, director de la revista «Gente Veneta», escribía en ésta un artículo sobre dicho encuentro, en el que el cardenal refiere:

«De las apariciones sor Lucía no me ha hablado. Yo sólo le he preguntado algunas cosas sobre la famosa danza del sol del 13 de octubre de 1917. Ella no la presenció…pues al mismo tiempo, con sus dos compañeros, veía en el sol detenido, a la Sagrada Familia, y luego, en cuadros sucesivos, a la Virgen como Dolorosa y como Virgen del Carmen».

Sorprende este exclusivo interés del cardenal Luciani en conocer sólo pormenores de un insólito fenómeno en el cielo, que mal podría explicar sor Lucía, que reconoce que apenas lo vio, y que había sido detalladamente descrito por testigos fiables e intentado en vano explicar por científicos eminentes; fenómeno destinado a servir de prueba para incrédulos, pero no para él. Se ha especulado sobre si lo que el cardenal Luciani habría consultado a sor Lucía sería si el signo del milagro en el sol que vieron los asistentes debía interpretarse en función de las visiones celestiales que al mismo tiempo se les aparecían a los videntes, que serían lo decisivo.

Lo que vio la gente aquel 13 de octubre y lo que vieron los niños

Mucho se ha debatido sobre el científicamente inexplicable fenómeno visto en el cielo de Fátima a mediodía del 13 de octubre de 1917, que ningún observatorio astronómico registró, por ser un fenómeno que pertenece al dominio de lo preternatural. El padre Pedro Rojas C.M.F. en su libro Fátima en marcha advierte que el prodigio tiene lugar cuando la Señora, «abriendo sus manos, –que hasta entonces había tenido juntas ante el pecho– las hizo reflejarse en el sol, reflejo que continuaba proyectándose en él mientras se elevaba», de lo que apunta que la brillante bola de luz vista en Fátima podría ser no tanto el astro físico que nos ilumina, sino la expresión que Dios hizo visible de la esplendorosa luz de gracia sobrenatural que irradia el Inmaculado Corazón de Nuestra Señora cuando, abriendo sus manos, la proyecta y hace que se refleje en el sol al que supera en brillo. Así se pregunta Mn. Eduardo Vivas en su Fátima, Apocalipsis de María (p. 40-42) ¿Podemos pensar que el sol que entonces ven, no sea el astronómico, sino el sol de gracia del Corazón Inmaculado de María que abriendo sus brazos expande aquella gran luminosidad en forma de nuevo sol cordimariano?

Los niños y los peregrinos asisten de modo diferente a la enseñanza de los misterios del Rosario

Cuando la multitud al mirar al cielo ve una esfera de luz intensa que emerge entre las nubes, brillante pero que no ciega, y que, cambiando de tonalidades, empieza a bailar ante sus ojos, exulta y se goza admirada. Sus sucesivos sentimientos son afines a las imágenes que a su vez ven los niños a quienes, María en su sol, se muestra en tres cuadros: de la Sagrada Familia, de la Dolorosa y del Carmen.
En el primero ven a la Sagrada Familia en la vida oculta de Jesús, como contemplamos en los misterios gozosos del Rosario: su Encarnación, la Visitación de María a su prima Isabel, el nacimiento de Jesús en Belén, su presentación en el Templo y su pérdida y hallazgo, visión que termina con san José y el Niño Jesús bendiciendo al mundo.
Ven luego los niños a «Nuestra Señora de los Dolores» como corredentora, que contemplamos en los misterios de dolor del Rosario, ante Nuestro Señor en el camino del Calvario y ante la Cruz, exhortándonos al arrepentimiento y a la penitencia, al tiempo que la multitud grita aterrorizada porque les parece que la esfera luminosa va a precipitarse sobre la tierra.
Pero entonces «apareció Nuestra Señora en forma semejante a Nuestra Señora del Carmen» como medianera, cuyo título, con su escapulario y su privilegio sabatino, nos afianza singularmente en la esperanza de llevarnos al Cielo, como contemplamos en los misterios gloriosos: la Resurrección de su Hijo, su Ascensión, la venida del Espíritu Santo, la Asunción de María al Cielo y su coronación como Reina de Cielo y tierra.
Y por fin, ante la orden de la Virgen Inmaculada, cesa la amenaza, confirmando la visión de los niños del 13 de julio en que María compasiva detiene el castigo, como narra Lucía al comienzo de la desvelada tercera parte del Secreto: «el ángel dijo con fuerte voz «¡penitencia, penitencia, penitencia!» mientras con la espada de fuego parecía iba a incendiar el mundo, pero sus llamas se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él».

«Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará»

En Fátima Nuestra Señora nos transmite el designio de Dios de que: «Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará», consoladora profecía que alienta nuestra esperanza y nos llena de consuelo. Si dice santa Teresa del Niño Jesús que el Señor no enciende nuestro corazón en buenos deseos si no piensa colmarlos, y habiéndonos encendido el de que le pidamos que «Venga a nosotros su Reino», debemos urgirle que acelere ya esta su promesa, mediante el advenimiento del triunfo anunciado personalmente por su Madre María hace ya un siglo en Fátima, confirmándonos que «el Reino de Dios está próximo», pues ella es su aurora.