San León Magno y Atila

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En las estepas orientales Atila, hijo de Mundzuck sube al trono, logrando la unión de todos los pueblos bajo un solo mando, el suyo. El gran político y mejor guerrero, de apariencia pálida, achatada y sin embargo monstruosa, ve desde su palacio de madera cómo cae el gran Imperio romano, mientras recibe tributos en su corte de todos los pueblos, tanto bárbaros como romanos. Su primer ministro era el padre de Odoacro, su secretario; un romano de la provincia de la Pannonia, del Imperio bizantino que recibía desde tiempos atrás un tributo exorbitante en metálico. Atila estaba en posesión de los secretos de todas las cortes. Sus guerreros asolaban todo el territorio en sus correrías y por donde pasaban los cascos de sus caballos «no volvía a crecer la hierba».
En el 451 Atila comienza una campaña hacia Occidente, convenciendo previamente a los respectivos gobernantes de que no se dirigía contra ellos. Al emperador romano le aseguró que aquella era una expedición de castigo a los visigodos, eslavos huidos de sus territorios; a los propios visigodos les confirmó que deseaba librarles del yugo romano. A sus propias huestes les prometió en cambio batallas y como premio un cuantioso botín.
De este modo los hunos subieron por la ribera del Danubio, conquistando las ciudades en el camino (Tréveris) y arrastrando a los pueblos allí asentados con ellos, de modo que conforme avanzaba, su ejército aumentaba. A su paso por las Galias sin embargo todos huían a los bosques; saquearon Metz; en Reims, el obispo salió animosamente a detener al conquistador, pero la única respuesta que recibió a su petición de clemencia fue su condena a muerte. En la ciudad de Orleans, Atila encontró mayor resistencia y puso sitio a la ciudad. El general Aecio se armaba y, reclamando a los visigodos su ayuda, acudió (aunque tarde) en ayuda de la ciudad. En la llanura de los campos Cataláunicos se enfrentó a las huestes de Atila. Esta batalla puso sobre el mapa a tres potencias, de las cuales una lograría el dominio de Occidente: el imperio decadente de Roma, el poder efímero de los hunos, o la capacidad y fortaleza de los pueblos germánicos. Al final del encuentro el general Aecio logró atrapar al ejército huno, pero, aunque diezmado, «el azote de Dios» logró escapar del cerco y se dirigió a los Alpes por la Pannonia sin encontrar (según narran las fuentes) ningún tipo de resistencia, y se plantó en Mantua dispuesto a abalanzarse contra la ciudad eterna, Roma.
En Roma se encontraba en ese momento el emperador Valentiniano III. Temblando ante la cercanía de los escuadrones de hunos, y tras largas discusiones entre el senado, el emperador y el pueblo romano, se decidió pedir la paz al invasor, medida humillante y considerada incluso indecorosa. La alternativa a esta decisión era llamar al general Aecio y su ejército –que había vencido a los hunos en los campos Cataláunicos– , pero esta idea fue rechazada porque gran parte de los cortesanos romanos eran enemigos políticos del general. De esta manera se formó una embajada encargada de negociar la paz constituida por los principales de la ciudad: el ex prefecto del pretorio, Trigecio, representante del Emperador; el consular Avieno, de parte del senado; y el papa León, como intérprete de los sentimientos comunes del pueblo.
A san León Magno se le consideraba poseedor de virtudes propias de un hombre de fe, de un gobernante y de un obispo, interviene con éxito en diversas embajadas y es considerado un gran diplomático. En la época de esplendor de la elocuencia y la Patrística en Oriente, el pontífice cuida del depósito de la fe, con una elocuencia grave y sencilla. Conocedor además como nadie de la situación en la que se encontraba el mundo, no cejaba en su empeño de dar a conocer una intuición que él tuvo: la misión espiritual de Roma. En sus sermones y escritos muestra cómo la Providencia vigila la existencia de la Roma antigua, que, en un momento dado, sabe dar paso a la nueva Roma cristiana, depositaria de los valores espirituales de la antigüedad y origen de una cultura que hunde sus raíces en el mensaje de Cristo. Las circunstancias en las que san León Magno ejerce su pontificado, no le permitían limitarse a ser depositario y defensor de la fe y la ortodoxia o el dispensador de la gracia salvadora de Dios (como sin duda fue) sino que en un momento de vacío de autoridad y de crisis institucional del Imperio debía intervenir asumiendo funciones judiciales, ocupado en misiones temporales y colocado en el centro de un pequeño mundo de funcionarios, convirtiéndose en un importante personaje social en un momento extremadamente difícil: «el Imperio agoniza, los generales intrigan, los ejércitos se rebelan, los emperadores se suceden como sombras y los pueblos gimen bajo el azote de las invasiones, además, la Iglesia hierve en errores y herejías». Él dirige la barca de la Iglesia con mano firme, protege a su pueblo con su autoridad, es el primero de los obispos y el Príncipe de los cristianos sin dejar de enseñar a los fieles que el primado de Pedro tiene continuidad en la figura del Santo Padre. El pontífice que logró poner de su parte a los sutiles teólogos orientales durante el Concilio de Calcedonia, tenía también un inmenso prestigio entre sus propios fieles, como pontífice, especialmente entre los de Roma.
Éste es pues el hombre elegido para representar el sentir del pueblo romano frente al temible Atila. El resultado de dicha entrevista es conocido por todos, el azote de la humanidad volvió sobre sus pasos y se retiró de Italia.
La tradición no nos ha transmitido qué ocurrió durante la entrevista. Próspero de Antioquía, contemporáneo del suceso, cuenta cómo «se abandonó al auxilio divino, que nunca falta a los esfuerzos de los justos, y que el éxito coronó su fe». Sin embargo, es muy probable que la personalidad agradable del pontífice, su capacidad diplomática, unidas a la reciente derrota hicieron que el terrible conquistador revalorara la situación política y tomara la decisión de abandonar sus objetivos. Las condiciones de esta decisión son desconocidas, pero Atila se retiró de nuevo hacia los Alpes, saqueó Augsburgo y cuando preparaba una campaña contra Constantinopla, murió repentinamente.
La intervención de san León Magno en defensa de su pueblo se repetirá posteriormente a lo largo de la historia de la Iglesia dando cumplimiento a las palabras con las que el primer papa exhortaba a sus presbíteros. «Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.» (1Pe 5, 2-3).
Por ello, en defensa de su rebaño la Iglesia es quien en todo tiempo levanta la bandera de la verdad en defensa de la fe y de la misma cultura de los pueblos.