Llega a su fin la presidencia pseudomesiánica de Barack Obama

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

La era Obama ha llegado a su fin, un final abrupto e inesperado que cambia radicalmente el escenario político de la mayor potencia del mundo. Es lógico, pues, que se hagan balances sobre los ocho años de mandato de Barack Hussein Obama. Empezando por su propio discurso de despedida, un discurso que volvió a mostrar abiertamente las virtudes y los defectos de un presidente histórico, idolatrado y vituperado a un tiempo.
Obama, esto no se discute, es un gran orador y volvió a ofrecernos un discurso pensado para pasar a la historia. El único problema es que, tras casi una década en el poder, las bellas palabras ya no bastan. En cierto modo, su discurso de despedida explica involuntariamente la victoria de Trump. Obama se escucha y se gusta, salta a la vista, y los suyos siguen derritiéndose, arrobados al escuchar su verbo; pero si algo demostró su discurso de despedida es su desconexión, y la de sus acérrimos fans, respecto de las preocupaciones de cada vez más norteamericanos.
Obama llegó al poder en un momento de crisis y cansancio y supo galvanizar a la sociedad norteamericana con una apelación a la esperanza de tonos marcadamente mesiánicos: la mayoría se dejó llevar por ese éxtasis pseudomesiánico que recuerda a los momentos más candentes de los awakenings que periódicamente sacuden la vida estadounidense, momentos de fervor colectivo, en los que la exaltación mística casi se puede tocar, pero que en esta ocasión abandonó el acento cristiano y abrazó a un nuevo mesías, ecológico, pacifista, sostenible y adalid de la ideología de género. Ocho años después Obama sigue diciendo lo mismo: básicamente lo afortunados que han sido los norteamericanos por tener un presidente como él.
La hemeroteca no engaña y en ella encontramos unos tonos adulatorios que, vistos con perspectiva, provocan sonrojo. Una pequeña muestra bastará: ya en 2004 los periodistas hablaron de sus «prodigiosos talentos» y su «maravillosa agenda legislativa»; le han calificado como «un enorme visionario», «el perfecto americano», «nuestro poeta nacional», incluso «el hombre más noble que haya jamás ocupado la Casa Blanca». En 2006, Time decía que «Obama parece el equivalente político de un arcoíris, un suceso súbito y preternatural que causa asombro y éxtasis». En 2008, la misma publicación afirmaba: «Algunos príncipes nacen en palacios. Otros nacen en pesebres. Pero pocos han nacido en la imaginación, a partir de retazos de historia y esperanza». El famoso Piers Morgan llegó a exclamar, en 2011: «¡Hay tantas cosas sencillamente perfectas en Obama!»; mientras que Chris Matthews, en 2012, no dudaba en afirmar: «Este hombre lo ha hecho todo bien. Todo lo que ha hecho es limpio. Nunca ha quebrantado una ley, nunca ha hecho nada mal. Es el padre perfecto, el marido perfecto, el americano perfecto». Para acabar este florilegio llegamos hasta nuestros días, hasta el año 2016, en el que el editor de la revista GQ, Jim Nelson, ha escrito: «Obama era mejor de lo que habíamos imaginado, mejor de lo que el cuerpo político se merecía… Hemos sido increíblemente afortunados de tenerle», mientras que Lawrence O’Donnell, el pasado mes de noviembre, afirmaba en el canal de noticias estadounidense MSNBC aquello de que «El presidente Obama es el hombre más noble que ha vivido jamás en la Casa Blanca». Es difícil no ver en esto un fenómeno de adulación colectiva, una fascinación mesiánica que raya lo idolátrico que, por mucho que sorprenda a algunos, ha llegado a estar extendidísimo, y de modo especial entre las élites estadounidenses. Sólo así podremos entender la airada reacción de los medios ante quienes han osado rechazar a este nuevo y benéfico mesías.
Pero volvamos al discurso de despedida de Obama, reiterativo, y por tanto tedioso, con nula autocrítica y sobredosis de autocomplacencia. Su mayor problema, no obstante, fue que, si pasamos del mundo imaginario de la retórica obamita a la realidad de sus ocho años de mandato, las pretensiones de Obama quedan seriamente dañadas. Hagamos un breve repaso a su legado.
En su haber tiene el haber superado una crisis económica de magnitud colosal, aunque también hay quien sostiene que lo que ha hecho la Administración Obama con su enorme endeudamiento es tirar la pelota hacia adelante: en sus ocho años, Obama ha casi duplicado la deuda pública de los Estados Unidos, con lo que ésta ha pasado del 68% del PIB a superar con creces el 100%, colocándose en octubre de 2016 en el 106%. La tasa de desempleo en Estados Unidos ha descendido hasta el 7,6 %, el nivel más bajo desde diciembre de 2007, pero esa disminución responde en gran medida a la reducción de la fuerza laboral (sólo en los últimos meses, casi medio millón de personas han dejado de buscar empleo). La narrativa rosa de Obama nos presenta una economía en plena recuperación, pero las frías cifras nos dicen otra cosa: en la mayoría de los estados que decantaron la victoria hacia Trump, la renta media ha caído respecto a 2008: desde el 3% de Wisconsin y Ohio hasta los más de seis puntos de Florida o Carolina del Norte.
Si de la economía pasamos a la política internacional, el balance no puede ser más negativo. Galardonado prematuramente con el Premio Nobel de la Paz, apostó por una política de seducción que alcanzó su punto culminante en su discurso de El Cairo. La realidad geopolítica se ha encargado de hacer añicos su supuesto liderazgo blando. No se trata sólo de su incapacidad para cerrar Guantánamo, una promesa electoralista, sino de algo mucho peor: Obama ha dejado un mundo más caótico, más inseguro y más inestable que el que recibió. Su apoyo a la «Primavera Árabe», su obsesión por derrocar a toda costa a Bashar al Assad, su ingenua política respecto de Irán, su sistemática tendencia a perjudicar a Israel, han convertido Oriente Próximo en una pesadilla. La aparición del Estado Islámico durante su mandato no es ninguna casualidad. Obama deja la presidencia con unos Estados Unidos cuya influencia internacional ha retrocedido trágicamente a manos de Rusia o China y sin objetivos claros: un fracaso en toda regla que ni siquiera algunos gestos cosméticos (a los que Obama es tan aficionado), como el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, pueden disimular. Por cierto, Obama insiste en que el restablecimiento de las relaciones con La Habana ha tenido un «efecto transformador», pero, más allá de la realización de algún concierto de rock, lo cierto es que el régimen castrista no ha suavizado un ápice su política represiva.
Quizás el gran proyecto con el que Obama esperaba pasar a la historia sea el Obamacare, una iniciativa para extender la cobertura sanitaria, a la que se le puede conceder el beneficio de la buena intención pero que en la práctica no ha resultado la panacea prometida: la misma Casa Blanca tuvo que reconocer que las primas médicas subirán un 25% en 2017, más del triple de lo que aumentaron en 2016. Además, el número de compañías de seguros disponibles descenderá hasta solamente 167, un 30% menos que en 2016, lo que en la práctica provocará que una de cada cinco personas pueda elegir sólo entre una opción. Uno de los anexos a Obamacare es el conocido como «mandato contraceptivo», esto es, la obligación también para las instituciones con ideario cristiano de contratar para sus empleados seguros médicos que incluyan, por ejemplo, medicamentos abortivos. La cuestión es significativa, pues muestra a las claras la inexistente flexibilidad de un Obama que cree en su condición mesiánica y que no está dispuesto a ceder un ápice, convencido de estar en posesión de la verdad absoluta e innegociable. Un pequeño gesto conciliador hubiera evitado abrir un molesto frente, pero la Administración Obama optó por no ceder un milímetro y acabó con un recurso de las Hermanitas de los Pobres ante el Tribunal Supremo. Un ataque de soberbia que no parece muy inteligente en un país en el que, según una encuesta de diciembre, el 57% de la población considera la libertad religiosa un «prioridad inmediata». La cruzada en favor de los cuartos de baño con género fluido o las instrucciones de evitar la palabra Navidad para no ofender a nadie (la Administración fue instruida para reemplazar el «Merry Christmas» de toda la vida por un aséptico «Happy Holidays») han sido algunas de las prioridades de Obama que han generado la ola de rechazo entre quienes veían amenazado su modo de vida por un nuevo totalitarismo soft y hostil al cristianismo que ha llevado a Donald Trump a la presidencia.
Obama, por último, se ha querido presentar como el gran unificador, aquel que ha sabido superar las tensiones que recorren la sociedad estadounidense, empezando por el hecho histórico de haberse convertido en el primer presidente negro (mulato, si queremos ser más precisos) de aquel país. Tampoco aquí el relato obamita coincide con la realidad. Lo hemos visto en las pasadas elecciones: el país supuestamente unido está más dividido y polarizado que nunca. Movimientos que juegan abiertamente con mensajes raciales –Black Lives Matter en un extremo, algunos exponentes de la Alt Right en el otro– son también parte del legado de Obama.
En su pretensión por preservar su aura mesiánica, Obama no ha dudado en despreciar a Hillary (una pésima candidata) afirmando que él sí habría derrotado a Trump, algo que nunca podremos contrastar y que, por consiguiente, supone el espacio perfecto para Obama. Pero lo cierto es que durante el primer mandato de Obama los demócratas contaban con 60 sena mócratas han pasado de 233 representantes a 192: en ambos casos el efecto Obama ha consistido en perder la mayoría. Y si nos fijamos en los gobernadores, cuando Obama fue elegido presidente por primera vez los demócratas gobernaban en 29 estados, mientras que hoy sólo lo hacen en quince. Salta a la vista que la narrativa del país unido en torno al hombre providencial no resiste el más mínimo análisis. Pero esto poco importa para Obama y sus entusiastas seguidores: hace ya mucho que desconectaron de porciones cada vez mayores de los Estados Unidos y se retroalimentan en su relato particular, con polos en Hollywood y en la Octava Avenida neoyorquina, sede del New York Times. Si llegaran a leer estas líneas las despreciarían: ¿cómo puede haber alguien tan malvado que no reconozca todo el bien que este mesías laico y multicultural nos ha entregado?