Razón del número

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La clausura del Año Jubilar de la Misericordia ha coincidido prácticamente con la inauguración del año dedicado a conmemorar el quinientos aniversario del inicio de la Reforma protestante con la publicación por Lutero de las tesis de Wittemberg sobre las indulgencias. Desde esta perspectiva se podría pensar que los dos acontecimientos, de tan diverso signo, tienen una coincidencia muy esencial. En ambos casos se proclama la misericordia de Dios con los hombres. Sin embargo es necesario insistir, sin ningún tipo de complejo y con modestia y caridad, que ha sido la Iglesia, a través de su Magisterio, de sus teólogos y de modo muy particular a través de sus santos la que ha proclamado con insistencia, con mayor fuerza y claridad, no sólo la necesidad sino el verdadero alcance de la misericordia divina. Como ha enseñado la Iglesia en el Concilio de Trento: «la justificación misma no es sólo remisión de los pecados sino también santificación y renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y los dones, de donde el hombre se convierte de injusto en justo y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna» (cap 7, 1528). Esta enseñanza de la Iglesia no sólo declara que Dios con su misericordia nos perdona los pecados, sino que además su misericordia se manifiesta de un modo aún más eminente haciéndonos partícipes de la misma vida divina. Por ello la inhabitación del Espíritu Santo, fruto de la gracia de Dios, nos hace santos y, fundados en la promesa de Dios, capaces de obras meritorias de salvación.
Si bien es verdad –como ha señalado tan acertadamente nuestro maestro Francisco Canals– después de la Contrarreforma, especialmente en los siglos XVII y XVIII, en muchos ambientes teológicos se olvidó la permanente necesidad de afirmar con claridad, frente a actitudes naturalistas, la primacía de la gracia en la obra de la salvación. Lo cual dio ocasión para renovar la ya antigua y permanente acusación de los sectores protestantes más alejados del protestantismo liberal y modernista, para acusar a la doctrina católica de contaminaciones pelagianas. Incluso como consecuencia de las polémicas antijansenistas, se vio con cierto recelo el mismo lenguaje del que es considerado doctor de la gracia: san Agustín.
En otra dirección totalmente distinta encontramos a los grandes apóstoles del Corazón de Jesús, invitando a los fieles a confiar toda su vida al amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús. El acto de confianza de san Claudio la Colombière es una buena muestra de ello. En esta misma línea se caracterizan tantos apóstoles de los siglos XIX y XX que han proclamado con su vida y con sus obras la necesidad de anunciar ante un mundo descreído, receloso y desesperanzado la primacía del amor misericordioso de Dios. Santa Teresa del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, es para nuestro tiempo el faro que debería iluminar el camino por el que tiene que discurrir un diálogo fecundo y verdaderamente ecuménico.