Razón del número

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El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros». Con estas palabras el papa Francisco anunciaba en la bula de convocatoria del jubileo de la Misericordia la fecha de clausura que ha querido que coincidiera con la solemnidad litúrgica de Cristo Rey que de modo tan significativo culmina el año litúrgico.
En la perspectiva del Año de la Misericordia podemos descubrir el sentido más auténtico de la celebración de Cristo Rey tal como lo estableció Pío XI en la encíclica Quas primas. El papa en esta encíclica recordaba como esta nueva fiesta había sido preparada por los numerosos actos de consagración al Sagrado Corazón de Jesús que se extendieron por familias, pueblos, naciones y finalmente por iniciativa y deseo de León XIII consagró todo el género humano a finalizar el año santo de 1900.
¡Qué oportuno en el Año de la Misericordia recordar a los hombres de nuestro tiempo, que si existe salvación, si, existe remedio de los males que nos acechan, que si hay esperanza, para ello es necesario reconocer primero el origen de nuestros males. La sociedad moderna ha dado la espalda a Dios, lo ha querido expulsar de la vida pública y con ello ha conseguirlo hacerlo olvidar también de la vida cotidiana, lo cual ha afectado de un modo especial a los más humildes y alejados de la práctica cristiana, que se han visto desasistidos de todo aquel ambiente que debería ayudarlos a tener presente en sus vidas que sólo en Cristo el hombre encuentra su salvación.
Por ello es necesario subrayar la profunda conexión entre la devoción al Corazón de Jesús que nos recuerda hasta donde han llegado los excesos de su amor misericordioso y la afirmación de la verdad salvífica de que Cristo es nuestro Rey. Aceptar su reinado es acogerse totalmente a las entrañas misericordiosas de aquel que, por amor, ha querido ser nuestro Rey. Al proclamar que Cristo es nuestro Rey, imitando a lo que hicieron antes de morir tantos mártires en siglo xx, como el niño mejicano que el Papa acaba de canonizar, no sólo reconocemos su señorío sobre la humanidad sino que además reafirmamos nuestra esperanza confiando en su misericordia. Como declara Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor la celebración de la solemnidad de Cristo Rey es un anticipo de aquel día venturoso en que el universo entero espontánea y libremente prestará su obediencia al reinado suavísimo del Corazón de Jesús.