Conmemoración católico-luterana de la Reforma protestante

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Dentro de los actos que se están llevando a cabo con motivo de los quinientos años de la presentación en Wittenberg de las 95 tesis de Martín Lutero, el papa Francisco viajó a Suecia el pasado 31 de octubre y 1 de noviembre para participar en un encuentro ecuménico con la Federación Luterana Mundial con el fin de favorecer la unidad con estos «hermanos separados», según el deseo del mismo Jesús de que todos seamos uno (cf. Juan 17, 21).
Lejos de ser una celebración, el acto fue –más bien– un balance que cristalizó en la firma de una declaración conjunta: «Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre católicos y luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide. (…) Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. (…) Nosotros, católicos y luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de Él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad».
Y es que, como recordaba el Santo Padre, la Iglesia, «madre amorosa de todos los hombres» (Ecclesiam suam, 1), «no puede resignarse a la división y separación» de sus hijos. Por eso el papa Francisco ha querido poner en práctica aquello a lo que nos urgía el Concilio Vaticano II: abrazar a los hermanos separados con fraterno respeto y amor, recordando los muchísimos bienes que Dios ha querido derramar sobre ellos para que, reconociendo el origen de dichos dones, retornen a la única Iglesia de Cristo a quien por derecho pertenecen (cf. Unitatis redintegratio, 3) y todos los pueblos puedan invocar al Señor con una sola voz y servirle como un solo hombre (Nostra aetate, 4).