Celia y Luis (IX): la Virgen de la sonrisa

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En 1734, el párroco de la iglesia de San Sulpicio de París encargó a un joven escultor, Edme Bouchardon, estatuas para su iglesia, una de ellas en plata, que debía ornar la capilla de la Virgen. Los parroquianos debían dar su plata, pues el sacerdote no aceptaba dinero sino cubiertos y utensilios de plata… De donde el nombre que se le dio a la estatua fue Ntra. Sra. de la Vieja Vajilla. La Revolución, ávida de este metal, la fundió. En 1832 el orfebre Choiselet hizo una réplica en plata según una estampa. La Sra. Felicité Beaudoin regaló una copia de esta imagen en yeso a Luis Martin. La Sra. Beaudoin conocía a Luis Martin por ser la presidenta de la obra de la Adoración del Stmo. Sacramento de la parroquia de San Leonardo y él un fiel adorador de la misma. Años antes, cuando Luis quiso instalar en Alençon su taller de relojería, la Sra. Beaudoin le financió la compra de la casa del 17, de la rue du Pont-Neuf.
Luis recibió la estatua de la Virgen con toda devoción y la instaló en el Pabellón, lugar donde se retiraba él para hacer oración.
Después de la boda con Celia, Luis trasladó la imagen de la Virgen hasta su casa y desde entonces presidió todos los actos de la familia. Es el punto de concentración espiritual y como el guión de la unión reinante. Ante ella rezan las oraciones de la noche y las de la mañana. Está ubicada en la habitación de las mayores. María, estimando que la imagen es demasiado grande y desproporcionada para la estrechez de la habitación, pide sustituirla por una más pequeña y fina; pero su madre le replica: «Hija mía, cuando yo me muera, harás lo que quieras; pero mientras yo viva, esta imagen de la Virgen continuará aquí».
Al llegar el mes de mayo se coloca en el centro de un auténtico oratorio. Se pone alrededor de la imagen una cortina con hojas y flores cortadas de ramas de espinos blancos, que una mendiga, a cambio de una generosa limosna, va a cortar en plena campiña. Se colocan a los pies de la Virgen las luces y las canastillas. Nada se estima bastante hermoso. Celia quiere verla sobresalir por entre las corolas y los pétalos. Se recrea en su lozanía. María, en cuya habitación está la imagen y se ha erigido la capilla declara: «Mi mes de María es tan hermoso que hace la competencia al de Ntra. Sra. Es toda una empresa el organizar el mes de María en la casa; es difícil contentar a mamá; ¡más aún que a la Stma. Virgen!»
A menudo, durante el día, Celia se volvía hacia la imagen de la Virgen y le pedía cosas. Ella confiesa haber recibido favores que sólo ella conoce.
Tras la muerte de Celia, la familia se trasladó a Lisieux y la imagen, ¡cómo no!, se trasladó con ellos. En la nueva casa, la imagen continuó instalada en la habitación de las hijas mayores, María y Paulina.
En octubre de 1882, Paulina ingresó en el carmelo de Lisieux. Teresa, que la había escogido a la muerte de su madre como «su madrecita», quedó tan afectada que enfermó. Un dolor de cabeza, que al principio era intermitente acabó por ser continuo. Estuvo así hasta el mes de marzo de 1883, en que, mientras su padre Luis estaba de viaje en París con Paulina y Leonia, tuvo una aguda crisis acompañada de convulsiones, alucinaciones y palabras incoherentes, que dejaron a Teresa al borde de la muerte. Los médicos no acertaban en el diagnóstico y confesaban que la ciencia se veía impotente ante tales fenómenos. Al llegar el padre, Teresa lanzó un grito diciendo: ¡Oh, la gran bestia negra! Luis quedó muy afectado por este recibimiento. Parecía que una fuerza oculta perseguía a la enferma en su misteriosa obsesión. Teresa dice en sus escritos que era cosa del demonio. Sólo un día tuvo una ligera mejoría: fue el día de la toma de hábito de Paulina a la que pudo asistir y verla tras las rejas del convento.
Luis Martin, que siempre tuvo mucha devoción a Ntra. Sra. de las Victorias, en los primeros días de mayo encargó un novenario de misas. Toda la familia acompañó con su fe y su esperanza este evento para solicitar un milagro de la Virgen.
Y el 13 de mayo, futura fiesta de la Virgen de Fátima, aún no aparecida, y fiesta de Pentecostés, la estatua de la Virgen a la que desde hacía veinticinco años la familia tributaba un verdadero culto, se animó y sonrió a la niña y le pareció tan hermosa, que jamás había visto nada tan hermoso. Y Teresa quedó curada. Desde entonces la estatua de la Virgen se llama, la Virgen de la Sonrisa.
La estatua siguió presidiendo la casa de los Buissonnets todo el tiempo durante el cual fueron alejándose las hijas para entrar en el Carmelo y también durante el tiempo que Luis Martin estuvo en el hospital del Bon Sauveur hasta que la familia abandonó los Buissonnets. Entonces la estatua fue, junto con Leonia y Celina, a su nueva vivienda, 7 rue Labbey, en el mismo Lisieux, junto a la familia Guérin, hasta la muerte de Luis Martin.
Cuando Celina entró en el Carmelo, en setiembre de 1894, un mes y medio después de la muerte de su padre, la imagen de la Virgen de la Sonrisa fue con ella y se colocó a la entrada de la celda de Teresa. En la Historia de un alma, en la primera página se lee: «Antes de coger la pluma, yo me arrodillé delante de la estatua de María, y le supliqué que guiara mi mano a fin de que no escribiese ni una sola línea que no le fuese agradable».