Líbano: una Iglesia perseguida que auxilia a los perseguidos

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Zahlé es la ciudad más grande del Líbano y de todo Oriente Próximo con mayoría cristiana. Es la tercera ciudad más grande del país con unos 38.000 habitantes. Los cristianos constituyen alrededor del 90% del total de su población. Debido a su cercanía geográfica y cultural con respecto a Siria, desde que comenzó la guerra en 2011, miles de refugiados han llegado a Zahlé. La Iglesia en el Líbano, ella misma pobre y que ha sufrido la persecución en muchas ocasiones, los ha acogido gracias al apoyo de instituciones internacionales.
El arzobispo greco-católico, Mons. Issam Darwish, dice: «Ayuda a la Iglesia Necesitada es la primera organización que nos ofreció ayuda. Sin ella nos hubiéramos quedado solos en esta desgracia».
El arzobispo Darwish ha abierto un comedor para los pobres, los abandonados y los hambrientos, donde a diario reciben una comida caliente quinientas personas necesitadas: niños, pobres, refugiados y todos los que están heridos física y espiritualmente.
Mons. Darwish explica el por qué de este increíble gesto de caridad: «El Año de la Misericordia convocado por Su Santidad el papa Francisco nos urgió a prestar mayor atención a las personas a nuestro alrededor… Decidimos abrir “La Mesa de San Juan el Misericordioso” para proporcionarle una comida caliente al día a todos los pobres y necesitados. Esto nos permitirá a todos sentir el calor del amor de Jesús el Salvador por nosotros.»
«Este comedor es una tabla de salvación para nuestra familia», comenta Josef, padre de cinco hijos procedente de Homs. «No sólo venimos aquí a recibir un plato de comida sino que también rezamos juntos, bendecimos la mesa y nos apoyamos mutuamente entre los refugiados», asegura por su parte Samia, una joven madre que sostiene en brazos a su hijo de un año que ha nacido como refugiado.
Al comedor también acuden los niños huérfanos cuyos padres y familias han muerto en Siria, así como familias empobrecidas de Líbano cuya base de existencia ha quedado destruida por la guerra ya que vivían del comercio con su país vecino. «La Mesa de San Juan el Misericordioso» es un lugar de refugio y apoyo para todo aquel que no pueda permitirse una comida caliente al día.
Un sacerdote y algunos voluntarios de la parroquia se encargan de aliviar la necesidad espiritual. Lo que quiere Mons. Darwish es que Zahlé se convierta en un lugar de misericordia, en la frontera con el abismo de odio y violencia de Siria. El prelado ha calculado que le faltan mil euros diarios – dos por persona –, y deposita sus esperanzas en la misericordia de las organizaciones caritativas internacionales y en «la Virgen, que siempre ha ayudado a Zahlé».
Entre los que allí comen está la familia de Gorgis. «Este es el impuesto que tuvimos que pagar para salvar nuestras vidas y nuestra casa en Raqqa», cuenta este padre de familia mientras enseña una fotocopia con la bandera del Daesh impresa. Pero no es un papel cualquiera, en realidad es un documento llamado yizzia. Es una tasa que han tenido que pagar aquellos cristianos y otros no musulmanes que no pudieron huir de los yihadistas en algunas zonas de Siria e Irak. «En total eran 4.200 euros al año por familia. Yo tenía cuatro hijos y mi mujer, además de una tienda grande y nuestra casa. No quisimos irnos para no perderlo todo», se justifica el padre cristiano.
Hoy viven en una pequeña casa en Zahlé, en el corazón del valle del Bekaa, al este del Líbano. Finalmente perdieron todo y ahora viven gracias a la Iglesia que les paga el alquiler, les da comida, ropa y medicinas. «Doy gracias a Dios por conservarme la vida, otros no han tenido la misma suerte», asegura Gorgis mientras se le llenan los ojos de lágrimas. Pudieron seguir en Raqqa pero por poco tiempo ya que meses después de pagar el impuesto les amenazaron de nuevo con asesinarles. Esta vez sí huyeron, en la oscuridad de la noche, dejando todo atrás.

En la frontera con Siria

Saliendo de la ciudad, adentrándonos hasta las estribaciones del valle del Bekaa está la frontera con Siria, y junto a ésta se encuentra el pueblo de Qaa, una de las pocas localidades de mayoría cristiana que aún quedan en la región. Allí viven desde hace varios años hasta trescientas familias de refugiados sirios. Muchos de ellos provienen de Rablah, un pueblo vecino del otro lado de la frontera. Apenas distan quince kilómetros, pero los refugiados no pueden volver: la situación es de mucha inseguridad y no hay trabajo con el que poder vivir.
Nichole Ahmar ha llegado a Rablah hace apenas seis meses. «No hay vida en Siria y menos en nuestro pueblo de Rablah», cuenta entristecida mientras sostiene una imagen de san Charbel, a quién se tiene mucha devoción en Líbano (fue un asceta y religioso maronita libanés canonizado por Pablo VI). Ella nos cuneto su difícil situación:
«Mi marido no tiene trabajo. Él es agricultor y perdió todos sus cultivos porque fueron destruidos por los del Daesh cuando invadieron nuestro pueblo». La mujer cuenta, junto a una de sus hijas, Fadia, que estuvieron dos años atrapadas en sus casas debido al hostigamiento de los yihadistas, «sólo salíamos para ir a la iglesia».
Tienen mucho miedo de volver porque ha habido muchos muertos. «Los terroristas secuestraron a muchos niños y jóvenes. Algunos para pedir rescates a cambio, a otros directamente los asesinaron y cortaron en partes. Si sus familiares querían recuperar los cuerpos tenían que pagar parte a parte, hasta veinte mil euros por cada cadáver». Asegura que volverán sólo si les garantizan que no les pasará otra vez lo mismo y cuando consigan dinero suficiente para reconstruir sus casas.
Sana es también de Rablah, está casada y tiene dos hijos. Llevan seis meses en Qaa. Cuando empezó el conflicto, su marido fue herido en una mano y desde entonces no se ha terminado de curar. Perdió a su hijo mayor, de 22 años, en la guerra, luchando en el bando del régimen de Al Assad. Estuvo un mes en Rablah sin salir de su casa por miedo a los terroristas, que tenían sitiado el pueblo. Su marido no podía trabajar por sus heridas. El otro hijo no podía ir a la universidad porque no les permitían salir. Su hijo ahora está con ellos en Líbano y está buscando trabajo porque no tienen nada. «Necesitamos trabajar, necesitamos medicinas para mi marido y dinero. La única que nos ayuda es la Iglesia, que nos ha prestado esta casa y nos da lo necesario.»