La Misericordia de una madre para con su hijo

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

En la alocución que el beato Pablo VI pronunció con motivo de la clausura del Vaticano II (7-XII-1965) el pontífice hizo estas inspiradas consideraciones: «el humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios».
Ha sido quizá Friedrich Nietzsche (1844-1900) el pensador que más coherentemente ha asumido esta negación de Dios y quien, de modo más consciente, ha tomado sobre sí la empresa de predicar, con acento profético, una nueva religión, la del «superhombre», la del hombre que se considera a sí mismo fundamento y sentido de su propia existencia. Esta misión lleva aparejada, según sus propias palabras, una «transmutación de todos los valores» y una humanidad que va «más allá del bien y del mal». De esta manera lo expresa en Así habló Zaratustra (1885): «Mi yo me enseñó un nuevo orgullo y yo lo enseño a los hombres: dejad de esconder la cabeza en la arena de las cosas celestiales y alzadla libremente: una cabeza terrena, que crea ella misma el sentido de la tierra».
En el contexto de los valores de la nueva humanidad que Nietzsche anuncia se incluye la reflexión que el filósofo alemán hace sobre el sentido de la enfermedad en la vida humana. Así lo expone en la nota 9 del que considera su escrito «más cuidado, más limpio y más elaborado», el ensayo titulado El ocaso de los ídolos o Cómo se filosofa con el martillo (1888): «El enfermo es un parásito de la sociedad. Hallándose en cierto estado es indecoroso seguir viviendo. El continuar vegetando, en una cobarde dependencia de los médicos y de los medicamentos, después de que el sentido de la vida, el derecho a la vida, se ha perdido, es algo que debería acarrear un profundo desprecio en la sociedad. Los médicos, por su parte, habrían de ser los intermediarios de ese desprecio: no recetas, sino cada día una nueva dosis de náusea frente a su paciente… Crear una responsabilidad nueva, la del médico, para todos aquellos casos en que el interés supremo de la vida, de la vida ascendente, exige el aplastamiento y la eliminación sin consideraciones de la vida degenerante, por ejemplo en lo que se refiere al derecho a la procreación, al derecho a nacer, al derecho a vivir… Morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte elegida libremente, la muerte realizada a tiempo, con lucidez y alegría, entre hijos y testigos… No está en nuestra mano el impedir haber nacido: pero ese error –pues a veces es un error– podemos enmendarlo”.
A los pocos meses de haber escrito estas palabras el mismo Nietzsche cayó de lleno en ese estado que él había calificado de indecoroso y de vida degenerante. En efecto, el 3 de enero de 1889 sufrió una crisis nerviosa a resultas de la cual quedó trastornado hasta el fin de sus días. Los médicos le diagnosticaron una “paranoia incurable”, por lo que, en medio de episodios de gran turbación y violencia, fue internado en un manicomio. Sin embargo, hubo alguien que no optó por el aplastamiento o la eliminación de una vida que ya no podía vivirse con orgullo: su madre, Franziska, piadosa luterana, logró sacarlo de su internamiento y vivió entregada en cuerpo y alma al cuidado del filósofo por espacio de siete agotadores años, hasta que, enferma, murió en julio de 1897.
En sus escritos de estos años difíciles ella, que siempre se refiere a Friedrich con cariño –“mi querido hijo”–, nos deja entrañables confidencias: “Lo que más le gusta de todo es que tenga mi mano derecha sobre su frente y le lea algo; entonces siempre recibo un beso en la mano y un susurro: te adoro, mi querida mamaíta”. Más adelante, cuando se trasladaron a Naumburg, donde comenzó el definitivo declive y vegetar del filósofo, Franziska escribía: “Una debe tener paciencia y confiar en la gracia y misericordia de Dios, que no nos abandona”; “Mi existencia no es fácil y, sin embargo, estoy interiormente agradecida a mi Dios, porque siquiera sea posible atenderle a él solo… Nadie puede jamás entender mejor a un hijo que su madre… También aquí reconozco la providencia de Dios: en que todo haya sucedido así, dado lo bien que mi hijo se siente aquí”. Tras la muerte de su madre Nietzsche quedó al cuidado de su hermana en Weimar, donde falleció el 25 de agosto de 1900.
Parafraseando a Pablo VI y mirando a Nietzsche, podríamos decir que el profeta de la “religión del hombre que se hace Dios”, el profeta del “superhombre” autosuficiente, se ha encontrado en la persona de una madre cristiana con la “religión del Dios que se ha hecho hombre”, la religión del Dios que se abaja para liberar al hombre herido, endurecido en su dolor y soledad. Una hermosa lección para nuestro tiempo.