Nuevo Testamento: «Al ver a las muchedumbres se compadecía de ellos» (Mt 9, 35-38)

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Ante la muchedumbre que le sigue, Jesús «sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36). El Señor, a diferencia de los falsos líderes del pueblo, que como mercenarios huyen en el momento de la prueba, se presenta como el Pastor bueno y verdadero, porque está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. El testimonio supremo y la prueba mayor de Cristo como Buen Pastor es el dar la vida por sus ovejas: lo cual realiza en la cruz, en la que ofrece el sacrificio de sí mismo por los pecados de todo el mundo. Esta cruz y este sacrificio son el signo que distingue radical y transparentemente al Buen Pastor de quien no lo es, de quien sólo es mercenario.
La cruz y el sacrificio, amadísimos hermanos y hermanas, nos permiten distinguir entre el Buen Pastor y los falsos pastores o mercenarios. A lo largo de la historia se han sucedido no pocos «pastores» –líderes, caudillos, jefes, ideólogos y creadores de opinión o corrientes de pensamiento– que han intentado «pastorear» y guiar al pueblo hacia paraísos artificiales y hacia tierras prometidas de libertad, de bienestar, de justicia, de realización plena, queriendo prescindir de Dios y de su santa ley. Y uno tras otro, llegado el peligro, llegada la hora de la verdad en la marcha inexorable de la historia, se han ido demostrando pastores falsos, servidores no de la verdad y del bien, sino de intereses particulares, de ideologías y sistemas que se volvían contra el hombre.
Cristo, en cambio, como Buen Pastor sale al encuentro de la cruz, porque conoce a sus ovejas y sabe que el sacrificio de sí es necesario para la salvación de ellas. Es necesario que Él ofrezca su vida por las ovejas. Sí: el Buen Pastor conoce sus ovejas y las ovejas le conocen a Él. Le conocen como a su Redentor.
En esta hora de la historia, en la que asistimos a profundas transformaciones sociales y a una nueva configuración de muchas regiones del planeta, es necesario proclamar que cuando pueblos enteros se veían sometidos a la opresión de ideologías y sistemas políticos de rostro inhumano, la Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, Buen Pastor, levantó siempre su voz y actuó en defensa del hombre, de cada hombre y del hombre entero, sobre todo de los más débiles y desamparados. Defendió toda la verdad sobre el hombre, pues, «el hombre es el camino de la Iglesia», como ya dije al inicio de mi pontificado.
La defensa de la verdad sobre el hombre le ha acarreado a la Iglesia, como le sucedió al Buen Pastor, sufrimientos, persecuciones y muerte. La Iglesia ha tenido que pagar en la persona de sus pastores, de sus sacerdotes, de sus religiosos y religiosas, de sus fieles laicos también en tiempos recientes un precio muy alto de persecución, cárcel y muerte. Ella lo ha aceptado en aras de su fidelidad a su misión y al seguimiento del Buen Pastor, consciente de que «no es el discípulo mayor que su Maestro. Si a Él lo han perseguido, también a ellos los perseguirán» (cf. Jn 15, 20). Cristo, Buen Pastor, obedeciendo al Padre, ofrece su vida libre y amorosamente por la redención de los hombres (cf. Ibíd., 10, 18).
(San Juan Pablo II, viaje apostólico a México y Curaçao)