San Francisco de Sales: «¡Ah, Teótimo, qué bueno ha sido Dios para con nosotros!»

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Mas, si no podemos naturalmente amar a Dios sobre todas las cosas, ¿por qué tenemos esta natural inclinación a ello? ¿No es una cosa vana el que la naturaleza nos incline a un amor que no puede darnos? ¿Por qué nos da la sed de un agua tan preciosa, si no puede darnos a beber de ella? ¡Ah, Teótimo, qué bueno ha sido Dios para con nosotros!
Nuestra perfidia en ofenderle merecía, ciertamente, que nos privase de todas las señales de su benevolencia y del favor de que había usado con nuestra naturaleza, al imprimir en ella la luz de su divino rostro y al comunicar a nuestros corazones el gozo de sentirse inclinados al amor de la divina bondad, para que los ángeles, al ver a este miserable hombre, tuviesen ocasión de decir: ¿Es ésta la criatura de perfecta belleza, el honor de toda la tierra?
Pero esta infinita mansedumbre nunca supo ser tan rigurosa con la obra de sus manos; vio que estábamos rodeados de carne, la cual es un viento que se disipa, un soplo que sale y no vuelve.
Por esta causa, según las entrañas de su misericordia, no quiso arruinarnos del todo ni quitarnos la señal de su gracia perdida, para que mirándole y sintiendo en nosotros esta inclinación a amarle, nos esforzásemos en hacerlo, y para que nadie pudiese decir con razón: ¿Quién nos mostrará el bien?
Porque, aunque por la sola inclinación natural no podamos llegar a la dicha de amar a Dios cual conviene, con todo, si la aprovechamos fielmente, la dulzura de la divina bondad nos dará algún socorro, merced al cual podremos pasar más adelante, y, si secundamos este primer auxilio, la bondad paternal de Dios nos favorecerá con otro mayor y nos conducirá de bien en mejor, con toda suavidad, hasta el soberano amor, al que nuestra inclinación natural nos impele, porque es cosa cierta que al que es fiel en lo poco y hace lo que está en su mano, la divina bondad jamás le niega su asistencia para que avance más y más. (Tratado del amor a Dios, libro I cap. 18)
«¡Ah, Teótimo, Teótimo! el alma de este Salvador nos conocía a todos por el nombre y apellido; pero, sobre todo, el día de su pasión, cuando ofrecía sus lágrimas, sus oraciones, su sangre y su vida
por nosotros, lanzaba, en particular, por ti estos pensamientos de amor: Padre eterno, tomo a mi cuenta, y cargo con todos los pecados del pobre Teótimo, hasta sufrir los tormentos y la muerte, para que quede libre de ellos y, en lugar de perecer, viva; muera yo con tal que él viva; sea yo crucificado, con tal que él sea glorificado. ¡Oh amor soberano del Corazón de Jesús! ¡Qué corazón te bendecirá jamás con la devoción debida!
De esta manera, dentro de su pecho maternal, su divino corazón preveía, disponía, merecía e impetraba todos los beneficios que poseemos, no sólo para todos, en general, sino también para cada uno en particular, y sus pechos, llenos de dulzura, nos preparaban la leche de sus inspiraciones, de sus movimientos y de sus suavidades, por las cuales atrae, conduce y alimenta nuestros corazones para la vida eterna. Los beneficios no nos enfervorizan, si no miramos la voluntad eterna que los dispone para nosotros, y el Corazón del Salvador que nos lo ha merecido con tantas penas y, sobre todo, con su pasión y muerte». (Tratado del amor a Dios, libro XII, cap. XII)