«Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio»

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Hoy en esta misa hay ocho parejas que celebran cincuenta años de matrimonio –es un auténtico testimonio en este tiempo de la cultura de lo provisional– y una pareja que celebra sus veinticinco años».
El Papa comentó el pasaje del evangelio de san Marcos en el que se le acercaron un grupo de fariseos para ponerlo «a prueba»: «Dos veces, en el Evangelio, este pequeño grupo hace una pregunta a Jesús sobre el matrimonio. En particular una vez los saduceos, que no creían en la vida eterna, presentaron una pregunta sobre el levirato, o sea respecto a la mujer que se había casado con siete hermanos y luego al final murió: ¿cuál será el marido de esta mujer en el más allá? Una pregunta pensada precisamente para buscar “poner en ridículo a Jesús”».
En cambio la otra pregunta es ésta: «¿Es lícito repudiar a una mujer?». Pero «Jesús, en ambas situaciones, no se detiene en el caso particular, sino que va más allá: se centra en la plenitud del matrimonio».
«Tanto en el caso del levirato como en este, Jesús responde desde la verdad aplastante, desde la verdad contundente –¡esta es la verdad!–, desde la plenitud, siempre», destacó el Papa. Por lo demás, «Jesús nunca negocia la verdad». En cambio, «este pequeño grupo de teólogos iluminados negociaba siempre la verdad, reduciéndola a la casuística». A diferencia de Jesús, que «no negocia la verdad: esta es la verdad sobre el matrimonio, no existe otra».
Sin embargo, «Jesús es muy misericordioso –insistió Francisco–, es tan grande que nunca, nunca, nunca cierra la puerta a los pecadores». Se comprende cuando les pregunta: «¿Qué os prescribió Moisés? ¿Qué os ordenó Moisés?». La respuesta es que «Moisés permitió escribir un acta de divorcio». Y «es verdad, es verdad». Pero Jesús responde así: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto».
Aquí, afirmó el Pontífice, «está la plenitud de la verdad, esa verdad fuerte, contundente, pero también la debilidad humana, la dureza del corazón». Y «Moisés, el legislador, hizo esto, pero que las cosas queden claras: la verdad es una cosa y otra cosa es la dureza del corazón que es la condición pecadora de todos nosotros». Por ello «Jesús deja aquí la puerta abierta al perdón de Dios, pero en casa, a los discípulos, les repite la verdad: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio”». Jesús «lo dice claramente, sin giros de palabras: “Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”».
El pasaje evangélico nos revela «las verdades que nos da Jesús, que son verdades plenas, recibidas de Dios, del Padre, que son siempre así». Y nos muestra también «el modo», es decir «cómo Jesús se comporta ante los pecadores: con el perdón, dejando la puerta abierta». Y «en esta referencia a Moisés, deja en cierto sentido algo para el perdón de la gente que no logra vivir este compromiso». Por lo demás, también «hoy, en este mundo en el que vivimos, con esta cultura de lo provisional, esta realidad de pecado es muy fuerte».
Jesús, «al recordar a Moisés, nos dice que está la dureza del corazón, está el pecado». Pero «algo se puede hacer: el perdón, la comprensión, el acompañamiento, la integración, el discernimiento de estos casos». Con la conciencia de que «la verdad nunca se vende, nunca». Jesús «es capaz de decir esta verdad tan grande y, al mismo tiempo, ser tan comprensivo con los pecadores, con los débiles». En cambio, «este pequeño grupo de teólogos iluminados, que caen en la casuística, son incapaces tanto de horizontes grandes como de amor y comprensión respecto a la debilidad humana».
Como conclusión, Francisco expresó el deseo de «que Jesús nos enseñe a tener con el corazón una gran adhesión a la verdad y también con el corazón una gran comprensión y acompañamiento a todos nuestros hermanos que atraviesan momentos de dificultad». Y «esto es un don: lo enseña el Espíritu Santo, no estos doctores iluminados que para enseñarnos necesitan reducir la plenitud de Dios a una ecuación casuística».