Nuevo Testamento: la mujer adúltera (Jn 8, 1-11)Comentario de san Agustín, sermón 16 A

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

Esto hizo el Señor a los judíos, cuando aquellos le llevaron a la mujer adúltera, y le tendieron un lazo para tentarlo, acabando por caer ellos mismos en la trampa. Dijeron: Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio; Moisés ordenó lapidar a las adúlteras; ¿tú qué dices? Intentaron capturar a la Sabiduría de Dios en una doble trampa: si hubiese mandado matarla habría perdido la fama de manso; si hubiese ordenado liberarla, habrían podido calumniarlo como violador de la Ley… Respondió, por tanto, sin decir: matadla, y tampoco liberadla sino diciendo: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra.
Justa es la ley que ordena matar a la adúltera; pero esta ley justa debe tener ministros inocentes. Vosotros que acusáis a la que conducís, mirad también quienes sois. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro. Y se quedó solo Jesús con la mujer quedó aquella que estaba herida y el médico, quedó la gran miseria y la gran misericordia.
Aquellos que la habían conducido se avergonzaron, pero no pidieron perdón; aquella que había sido conducida mostró estar confundida, y fue curada. Incorporándose Jesús le dijo: Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie,Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. ¿Tal vez actuó Cristo contra su Ley? En efecto su Padre no había dado la Ley sin el Hijo. Si el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos han sido hechos por medio de Él ¿cómo podía haber sido escrita la Ley sin el Verbo de Dios? Dios no obra; por tanto, contra su Ley, porque ni siquiera el emperador actúa contra sus leyes, cuando concede indulgencias a los reos confesos.
Moisés es el ministro de la Ley, pero Cristo es su promulgador. Moisés lapida como juez, Cristo manifiesta indulgencia como rey. Dios, por tanto, ha tenido piedad de la mujer por su gran misericordia, como aquí el salmista ora, pide, exclama y gime; algo que no quisieron hacer aquellos que presentaban la adúltera al Señor: reconocieron en las palabras del médico sus heridas, pero no pidieron al médico la medicina. Así son muchos los que no se avergüenzan de pecar, pero sí de hacer penitencia. ¡Oh increíble locura! ¿No te avergüenzas de la herida, y te avergüenzas del vendaje de la herida? ¿No es, por ventura, más fétida y pútrida cuando está desnuda? Confíate, por tanto, al médico, conviértete, exclama: Reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado.
Y se marcharon todos. Quedaron Él y ella solos; quedó el Creador y la criatura; quedó la miseria y la misericordia; quedo la que reconocía su pecado y el que le perdonaba el pecado. Esto es lo que, inclinado, escribía en la tierra. (…) Le concedía el perdón; pero, al ofrecérselo, levantó hacia ella el rostro y le dijo: ¿Nadie te ha apedreado? Y ella no dijo: «¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor? ¿Acaso soy culpable?». No se expresó en esos términos, sino que dijo: Nadie, Señor.
Se acusó a sí misma. Los otros no pudieron probar el delito, y se retiraron sin rechistar. Ella, en cambio, confesó; su Señor no ignoraba su falta, pero buscaba su fe y su confesión. ¿Nadie te ha apedreado? Ella responde: Nadie, Señor. Nadie, por confesar su pecado, Señor por esperar su perdón. Nadie, Señor. Reconozco las dos cosas: sé quién eres tú y sé quién soy yo. Y ante ti lo confieso. Escuché, en efecto: Celebrad al Señor porque es bueno. Reconozco mi culpa, reconozco tu misericordia.