Santuario de la Divina Misericordia de Savona (Italia)

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

Al norte de Italia, en la región de Liguria, está Savona, en la costa del mar Mediterráneo. En dicha ciudad se encuentra un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia.
Este santuario es una iglesia que está situada a unos seis kilómetros del centro de la ciudad. Está rodeada de otros edificios religiosos y fue construida para conmemorar la aparición de la Virgen María a Antonio Botta, humilde labriego de la Liguria, en el año 1536. Fue construido entre 1536 y 1540, en los años inmediatamente después de la aparición. La iglesia no pertenece a ninguna corriente específica de la arquitectura, siendo un término medio entre el gótico y el estilo renacentista.

Las apariciones
El sábado 18 de marzo de 1536, en el valle de Letimbro, un agricultor pobre, Antonio Botta, salió temprano para ir a su finca. Caminando rezando el Rosario llegó a un arroyuelo donde se refrescó sus manos y la cara. Así, arrodillado sobre las piedras del río fue donde se produjo el milagro de la aparición ya que vio descender a la Virgen en una gran gloria. Según el testimonio del propio Antonio Botta (relación original grabada en una lápida de mármol y colocada en el santuario de Nuestra Señora de la Misericordia, el 17 de abril de 1596) esta primera aparición fue de la siguiente manera:
Asustado, estuve a punto de caer, de tal modo que se me cayó de la cabeza el sombrero. y luego, oí una voz que, de en medio del resplandor, me decía: «levántate y no temas, pues yo soy la Virgen María». Levantándome – prosigue – me pareció ver en aquel resplandor, pero siempre confusamente, una Señora que me dijo estas palabras: «Ve a tu confesor y dile que anuncie en la Iglesia al pueblo que ayune por tres sábados y haga tres días de procesión en honor de Dios y de su Madre; tú luego te confesarás y comulgarás y el cuarto sábado volverás a este lugar». Y mientras esto decía, yo oí por la carretera pública a unos arrieros que pasaban; y temiendo que nos vieran, quise esconderme; mas ella me dijo: «No temas, pues no podrán vernos. Y dichas estas palabras, desapareció la figura juntamente con el resplandor».
Conmovido por el hecho extraordinario, Antonio Botta corrió a su confesor, a llevar el mensaje de la Virgen. Tan sincera y expresiva fue su exposición, que el confesor no dudó en creerle y se dirigió de inmediato a Savona a informar de todo a las autoridades eclesiásticas. Como cabía esperar, la noticia se propagó en un instante por toda la ciudad.
Aquel mismo día fue llamado Antonio a Savona, ante la autoridad eclesiástica y civil, que no dudó en aceptar el hecho como verdadero, después de oír la narración ingenua y llena de simplicidad del vidente. Asimismo, la noche anterior muchas personas vieron sobre la catedral y el castillo tres vívidas llamas de fuego, que supusieron presagio de algún extraordinario acontecimiento.
El 8 de abril, cuarto sábado después de la aparición, Antonio Botta, regresó al mismo lugar de la primera aparición. Reproducimos a continuación el testimonio del propio Antonio Botta que se conserva:
«Habiendo vuelto el cuarto sábado al mismo lugar, y rezando de rodillas mis oraciones, he aquí que de repente bajó del cielo un resplandor mayor aún que la primera vez, y se posó sobre una piedra que se hallaba a la orilla, y me rodeó de tal modo que, no sólo los montes sino los árboles más cercanos, no pude ya ver; y claramente vi en el esplendor una Señora con vestidura y manto blanco y una corona de oro en su cabeza, y bajando y extendiendo las manos así me habló: «Ve a los de Savona, quienes, para asegurarse acerca de las cosas que yo te mandé decir el otro día, te enviaron a preguntarme y diles que anuncien al pueblo que ayune tres sábados y que hagan por tres días la procesión todos los religiosos y casas de disciplinantes; y a dichos disciplinantes se les recomiende la disciplina especialmente el día de Viernes Santo. Porque si no fuese por aquellas pocas oraciones y buenas obras que se practican por las cofradías y por otros siervos de Dios, sería el mundo mucho más atribulado de lo que es; y generalmente exhorten a todo el pueblo a enmendarse de su mala vida, porque mi divino Hijo está hoy muy enojado contra el mundo por las muchas iniquidades que al presente reinan en él: y si esto no hicieren, su vida será corta. Entonces yo le respondí: Si no me dais alguna señal, ellos no me creerán. Y Ella me dijo: «Yo les di tal señal interior aquella tarde en que fuiste llamado delante de ellos, que creerán sin necesidad de otra señal». En seguida añadió: «Tú seguirás después tu vida, y Yo inspiraré a muchos lo que deberán hacer…» Y acabando de decir esto levantó las manos y los ojos al cielo,  dio tres veces la bendición sobre el arroyuelo repitiendo siempre: «MISERICORDIA Y NO JUSTICIA». Luego desapareció, y quedó en aquel lugar, por mucho tiempo, un suave olor.
Una vez Antonio se repuso de la natural emoción experimentada en la visión de la santísima Virgen, se presentó nuevamente a las autoridades, y ante ellas dictó la referida narración, recogida religiosamente y escrita por el canciller de la comuna, en presencia del vicario general de la diócesis. Así fue como se cumplió la palabra de la Virgen Santísima: «Yo les di tal señal interior, que, sin necesidad de otra, te creerán».

Devoción de Savona a la Madre de Misericordia

La noticia cundió por toda la ciudad y produjo extraordinaria conmoción. Al día siguiente se anunció oficialmente, desde todos los púlpitos, por orden de las autoridades eclesiásticas y civiles, la portentosa aparición y se recomendó a todos que cumplieran las obras ordenadas por la Madre de Dios. Con indescriptible celo se apresuraron a ejecutarlas, en la ciudad y sus cercanías.
Inmenso gentío asistió a las tres procesiones. En la del Viernes Santo, los cofrades iban descalzos, cantando salmos de penitencia y azotándose con tanto rigor que salpicaban a su paso las calles con su propia sangre. Toda la Liguria y gran parte de Italia recibieron con alegría la aparición de la santísima Virgen. Nada detuvo el impulso de la fe de los pueblos, anhelantes de lograr la renovación moral pedida por la excelsa Madre de Dios; y en ese mismo año 1536 fueron más de 54 las peregrinaciones realizadas al lugar de las apariciones.
Los savoneses erigieron un oratorio sobre la misma roca donde la Santísima Virgen posara su bendito pie. El 11 de julio del mismo año se dio comienzo a la construcción del santuario y al lado del mismo un vasto hospicio para acoger a los pobres y enfermos que iban a implorar el patrocinio de la Virgen. El Gran Consejo de Savona encargó al célebre arquitecto Antonio Sormano la edificación de un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia, recomendándole especialmente que la cripta envolviese el lugar para colocar en ella, sobre la misma piedra desde la que habló nuestra Señora, una bella imagen de mármol blanco.

Visita papal

Los Sumos Pontífices concedieron, privilegios al santuario de la Madre de Misericordia; el primero en visitarlo fue S. S. Paulo III, en 1538. Este mismo papa convocó el Concilio de Trento, justamente el 8 de abril de 1536, día de la segunda aparición de la santísima Virgen de la Misericordia.
Sin embargo, todas las riquezas donadas a la Madre de la Misericordia que estaban contenidas en el santuario, fueron robadas, en abril de 1798, por los revolucionarios franceses. Siguieron años turbulentos y en agosto de 1809, S. S. Pío VII llegó a Savona, en calidad de prisionero de cautividad de Napoleón. No obstante, el mismo Pontífice coronó solemnemente a la Virgen, a quien se había encomendado su liberación que obtuvo después de tres años de cautiverio el 10 de mayo de 1815.