Suicidio asistido: lecciones del Parlamento británico

Lo que ha sucedido en Londres con el rechazo del Parlamento británico a la ley de suicidio asistido (nótese que en vez del equívoco término «eutanasia» se usa el más real «suicidio») el pasado mes de septiembre es un hecho de gran relevancia. En efecto, la proposición de ley, que había sido introducida a título personal por el laborista Rob Marris y que abogaba por legislar para dar opción a los enfermos terminales a morir con «dignidad» fue rechazada en primera lectura tras un intenso y enjundioso debate. La ley, en caso de haber sido aprobada, habría facultado a los médicos a prescribir una dosis letal a los pacientes con una perspectiva de vida de menos de seis meses que lo hubieran solicitado.
Seguramente es la propia trascendencia de la votación la que ha provocado que la mayoría de los medios de comunicación se hayan hecho poco eco (pareciera que su función, más que informar, fuera distraer de lo importante y adoctrinar en un determinado sentido).
El motivo por el que esta votación es relevante es porque ha roto, ha quebrado, el discurso de los defensores de la agenda progre que sostiene que este tipo de leyes forman parte de un «progreso» ineluctable, imparable, ante el que no podemos resistirnos. El camino de emancipación del hombre de todo límite, de toda naturaleza, no puede detenerse, y esto incluye que el Estado nos ayude a suicidarnos (o nos suicide directamente en determinadas circunstancias que, claro está, os anunciarán que serán muy excepcionales). Este es el discurso, ésta es la narrativa, y hasta ahora les ha funcionado de maravilla.
Es lo que llevamos décadas viviendo en España. Los roles, perfectamente complementarios, están bien definidos. Unos asumen el papel rompedor e impulsan nuevas leyes en este sentido (aborto, eutanasia, suicidio asistido, ideología de género, matrimonio entre personas del mismo sexo…). Los otros estabilizan la situación, consolidando el nuevo marco y haciéndolo digerible para una mayoría de la población, reacia inicialmente a tragar con esa supuesta «conquista» social. Hasta la nueva oleada, que llegará tarde o temprano, y que implica la asunción generalizada de que la anterior y es intocable. Precisamente el líder socialista Pedro Sánchez ya nos avisa de que el nuevo empujón se jugará en este campo de la «eutanasia».
Los promotores británicos del suicidio asistido presentaron la nueva ley como inevitable: nadie, en pleno siglo xxi, puede oponerse al «derecho a morir» y, si aún hay unos pocos reaccionarios que no se han enterado, es porque están en el «lado equivocado de la historia», argumentaban. Pero este discurso de inevitabilidad histórica se ha hecho añicos gracias a los 330 miembros del parlamento británico que con sus votos han rechazado la ley, apoyada sólo por 118 diputados. No, Gran Bretaña, ni ningún país, está obligado a seguir el camino que los progres han prescrito como necesario.
Una lección que no deberíamos olvidar nunca.