Hace un cuarto de siglo era derribado el Muro de Berlín

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Y con él los regímenes comunistas que habían sojuzgado a tantos pueblos en Europa y habían perseguido a la Iglesia, causando innumerables mártires. Un suceso increíble, que quienes lo vivimos recordamos con sorpresa. Es cierto que luego han llegado muchos análisis acerca de la insostenibilidad del comunismo, pero la verdad es que nadie preveía aquel desmoronamiento que nos viene a recordar que las torres elevadas por manos humanas que parecen más sólidas se vienen abajo cuando la divina Providencia, que guía los pasos de la humanidad, lo tiene dispuesto.
Es, pues, más acertado hablar de que el Muro, símbolo del comunismo, fue derribado, y no cayó, como si su caída fuera un acontecimiento accidental. Se hace difícil no reconocer, como hemos dicho antes, la intervención providencial en el fin de los regímenes basados en aquella perversa ideología en Europa, y tampoco se puede ignorar el papel de tanta gente que desafió, armados principalmente con el arma de la oración, a los regímenes comunistas. Empezando por Solidaridad en Polonia desde 1980, cuyo ejemplo se extendió, por ejemplo entre aquellos alemanes orientales que se empezaron a reunir semanalmente a rezar en público ante la Nikolaikirche de Leipzig algo menos de un año antes de la caída del Muro. No podemos tampoco olvidar la influencia que san Juan Pablo II tuvo en este trascendental acontecimiento.
Luego se nos quiso convencer de que habíamos vivido el triunfo final de la democracia liberal, de que la historia se había acabado. La realidad ha desmentido tales pretensiones y el mundo, lejos de esa paz perpetua con que pretendían engatusarnos, se asemeja más, en palabra del papa Francisco, a una «tercera guerra mundial combatida por partes». Quizás sea por haber olvidado la verdadera enseñanza que encierra el hundimiento del comunismo en la Europa oriental: que la historia está en manos de Dios y que son vanas todas las pretensiones de construir un mundo sin Él.